La explotación del trabajador y el síndrome de Estocolmo

Rebelión contra la explotación, única solución

No es difícil observar, en la actual fase explosiva del capitalismo, como las clases adineradas se resisten salvajemente a ver decrecer sus márgenes de beneficio y no vacilan en su pretensión de profundizar la explotación progresiva de la fuerza de trabajo. Los capitales se mueven por todos los rincones del globo de manera fulminantemente depredadora, buscando siempre el mejor nicho posible para esquilmar al asalariado y a la naturaleza (sus únicas fuentes de ingreso), tan brutal e impúnemente como les sea posible. La existencia de regímenes dictatoriales, con suspensión del derecho de huelga, imposibilidad de afiliación a sindicatos independientes y libertad de acción represiva, conforman un panorama ideal para la valorización de sus capitales. Ejércitos de trabajadores de reserva, sistemáticamente pauperizados, proporcionan una ventaja estratégica para las clases explotadoras en esta guerra asimétrica del capital contra el trabajo. Algunos ciudadanos, rehenes del terrorismo financiero, terminan por desarrollar una suerte de Síndrome de Estocolmo que les crea un lazo de sumisión y dependencia afectiva respecto a sus captores. El sistema consigue humillarlos hasta el punto de que terminan por interiorizar una condición de derrotados que los alinea con sus agresores y los enfrenta con quienes los defienden, de la misma forma que les sucede a muchas víctimas de abuso o maltrato. La psicología experimental ha descrito las particularidades de este bucle de dependencia emocional entre dominador y dominado partiendo de modelos como el de la “indefensión aprendida” . El síndrome de Estocolmo de los asalariados explica, en una buena parte, como los partidos neoliberales, sicarios de los intereses de los grandes causantes de la crisis sistémica, arrojan aún buenas expectativas electorales en importantes países. La alienación  se ve perfectamente reforzada y complementada con execrables mecanismos de control cognitivo, (imprescindibles para la legitimación social de la desigualdad, la explotación y la acumulación de recursos necesarios para el bienestar de muchos en manos de pocos), como las loterías y  los juegos de azar. Todo vale con tal de nublar la comprensión de los hechos económicos y políticos que regulan nuestra vida , en la que tras cualquier forma de acumulación se esconde la perpetración de un robo legalizado.

Pero frente a este panorama sombrío no debemos olvidar que contínuamente aparecen grupos fuertemente combativos que no aceptan la lógica de la sumisión y que se rebelan contra los abusadores. Recientemente en Túnez hemos visto algún ejemplo que también es posible contemplar en otros muchos lugares y momentos de la historia. En cierta forma es nuestra decisión aceptar la lógica de la complicidad con los torturadores o revolvernos contra esas oligarquías tiránicas y fácilmente identificables que se nutren exclusivamente de la expropiación del trabajo y la riqueza de todos. A pesar de la resignación de un segmento de los explotados el grito de la Justicia está emergiendo  y resonará como un estruendo por los cinco continentes, con especial atención  a nuestra hermana África, durante el próximo Foro Social Mundial en Senegal.

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