La legitimación social de la desigualdad (II)

Frente a la cortina ideológica que se afana en legitimar la desigualdad pervive una certera percepción de la realidad en millones de ciudadanos libres

En una entrada anterior hemos comenzado a analizar el tema crucial de la legitimación social de la desigualdad. Si queremos entender por qué el mundo funciona de la manera en que lo hace actualmente y no de otra es necesario interrogarse acerca de los mecanismos ideológicos que legitiman la desigualdad social y sobre las premisas erróneas que, a fuerza de ser externamente repetidas de manera masiva, terminan por interiorizarse en el diálogo mental que millones de sujetos mantienen cada día consigo mismo en la intimidad de sus pensamientos.

* ) “Prevenir las muertes causadas por la pobreza conduciría a la superpoblación”. Esta antigua forma malthusiana de legitimación social de la desigualdad se ha convertido en nuestros días en demasiado directa y sólo puede ser abiertamente defendida desde posiciones filofascistas. No obstante sigue ejerciendo una influencia nada desdeñable en el imaginario colectivo de las capas más acomadas e influyentes de la sociedad. La falsedad del argumento queda demostrada ante el hecho de que son precisamente las sociedades más pobres las que tienen los más altos índices de natalidad mientras las que gozan de mayores comodidades materiales tienen una natalidad que a duras penas resulta suficiente para no perder población. Los datos empíricos apuntan justo en la dirección contraria de este aporófobo y predarwinista concepto malthusiano ya que luchar contra la pobreza se convierte precisamente en una de las mejores maneras de controlar el supuesto exceso de población.

* ) “Los países pobres siguen siendo pobres a pesar de las ayudas y la cooperación que les prestamos. Esto prueba que la culpa no es nuestra sino de ellos”. El argumento es una de las múltiples formas que adopta el principio general de culpabilización de las víctimas, que ya fue abordado en la entrada precedente. La falsedad en este caso consiste en una simple manipulación política del lenguaje ya que las supuestas ayudas que el mundo desarrollado prestaría a los grupos más desfavorecidos no son tales, sino más bien al contrario: Los “créditos blandos” o las “ayudas para la importación” son un negocio para los bancos y las élites empresariales que controlan la producción mundial al facilitarles nuevos mercados cautivos, aumentar el margen de explotación sobre la fuerza laboral, generar dependencia respecto a las metrópolis y destruir incipientes competidores locales. Llamar a esto “ayuda” es solo una perversión del lenguaje al igual que sucede con el término “rescate” aplicado a las economías de países desarrollados cuando en realidad se está sometiendo a sus ciudadanos a nuevas mermas de soberanía y a nuevas deudas que los convierten en pseudoesclavos de las élites que cuentan con la capacidad legal para crear dinero de la nada en forma de crédito-deuda. Tanto las ayudas como los rescates se dan en realidad en sentido inverso: los pobres ayudan a los ricos y los trabajadores rescatan a los bancos.

* ) “La lucha contra la desigualdad es un problema técnico, no político. La globalización capitalista por si sola y al margen de los partidos políticos, tenderá a reducir la injusticia social“. Esta gigantesca mentira viene asociada a toda una estrategia despolitizadora comandada por los amos del dinero que ya denunció en los años 70 el filósofo Habermas y más recientemente Zizek. La esfera de lo abiertamente político es progresivamente secuestrada, vaciada de contenido y colonizada por una política oculta, por una neopolítica que se redefine en términos supuestamente científicos, empresariales y tecnológicos. Lo que subyace es un discurso totalitario del beneficio privatizado como principio rector de la política. El discurso legitimador de la desigualdad se realiza aquí de manera sutil presentándola como un efecto secundario, temporal y reversible que se correjirá en el futuro si hacemos caso a “los técnicos”. El argumento oculta el hecho de que la Ciencia solo es un instrumento y que, por tanto, no da respuestas acerca de los principios ético-políticos que deben regir una sociedad, solo sirve de manera eficaz a la implementación de aquellos principios que alguien haya previamente establecido de igual forma que ningún ordenador es capaz de autoprogramarse. Aunque está ya empíricamente demostrado que la aplicación práctica del principio rector de la búsqueda del máximo beneficio monetarizado como motor político solo genera cotas cada vez mayores de desigualdad y un aumento de la brecha entre ricos y pobres  el patrón sigue siendo defendido apelando también al plano emocional, no consciente y subjetivo de los individuos, además de a supuestos y completamente falaces “argumentos técnicos”.

La repetición de estos principios de manipulación psicológica va produciendo progresivamente una fuerte bifurcación entre la realidad y la percepción ideológicamente construida de esa misma realidad cuyas consecuencias se visualizan de manera cada vez más dramáticas. Volver a politizar a la sociedad en su sentido más amplio, profundo y responsable es trabajar por la libertad y la democracia. Y hablar de Política es hablar de ideologías y de filosofía no de personajes o de rostros mudables que el poder puede quitar o poner a su antojo. Todo es ideología, hablemos sin miedo de ideologías y de sus consecuencias; identifiquémoslas y contrastémoslas. Frente a la ideología capitalista … la ideología humanista.

(Algunas de las ideas contenidas en esta entrada han sido tomadas de POGGE, T. “La pobreza en el mundo y los derechos humanos”. Ed. Paidos. Barcelona 2005. [Ed. Original, 2002]).

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