Seguridad para los inversores significa angustia para los trabajadores

Gallinas ponedoras de plusvalía en una fábrica fasciocapitalista china, el sueño dorado de los especuladores y banqueros para EuroAmérica

Cada día se nos explica desde los mass-media que los mercados y los inversores necesitan ambientes políticos estables y predecibles para desarrollar todo su potencial. La contrapartida de esta estabilidad es un entorno social cada vez más incierto y precario para el trabajador y la trabajadora. Parece ser que la molesta carga asociada con el miedo al futuro, con la imposibilidad de fijar unas expectativas vitales, un lugar estable de residencia o a los riesgos existenciales crecientes debe ser asumida en exclusiva por aquellos/as que verdaderamente generan la riqueza y no por los que están destinados a parasitarla. Es evidente que la estabilidad de unos se consigue a costa de la inseguridad de los otros y las otras. Miedo y angustia inoculadas al trabajador/a serían hipotéticamente positivas para su rendimiento, mientras seguridad, estabilidad y predictibilidad deben estar reservadas para los grandes propietarios. Todo muy coherente, equilibrado y racional según la lógica capitalista. Dar estabilidad a la minoría especuladora, cuyos intereses siempre irán en contra de la mayoría trabajadora, significa que los Estados deben competir entre ellos para generar entornos cada vez más represivos, más policiales, menos democráticos y más restrictivos en cuanto a derechos laborales, sindicales y de participación política efectiva. Esto es lo que ellos llaman “entornos políticamente estables y predecibles”, con garantías para el inversor. Estas son las “reformas necesarias” de las que nos hablan cada día nuestros grandes líderes políticos. Solo de esta forma podrán someter a la fuerza trabajadora a las nuevas condiciones de incertidumbre que exigen los amos para conseguir ellos su óptimo estado de sosiego y estabilidad “inversora”. Como muy bien nos apuntaba Zygmunt Bauman (1), en el cabaret de la globalización capitalista el Estado realiza un strip-tease y al final de la función sólo le queda lo mínimo: El poder de la represión, la coerción y la imposición del dogmatismo ideológico sobre la ciudadanía, en una nueva forma de dictadura.

 En este contexto debemos entender el alzamiento de China, como nueva gran potencia capitalista, en detrimento de EEUU y Europa, sumidas en el profundo pozo de la deuda y el descrédito institucional. El Estado que más eficazmente reprime, somete y esclaviza a sus trabajadores y trabajadoras es el ganador del juego bajo estas reglas, ofreciendo el máximo nivel de atracción para aquellos que viven exclusivamente de hacer dinero a partir del dinero. El fasciocapitalismo oriental se impone claramente al sociocapitalismo occidental, como una simple consecuencia lógica de la dinámica de funcionamiento inherente al sistema político vigente a nivel mundial.

La respuesta ante este panorama no puede ser otra que la rebelión, la insumisión y la disidencia por parte de las mayorías sometidas frente al poder de la minoría explotadora. No hay otro camino. Discrepamos con las tesis originales del marxismo en los métodos más apropiados para desarrollar esta confrontación (no así con la mayor parte de sus estudios analíticos sobre los mecanismos internos que rigen el sistema), ya que la violencia directa, que sus padres fundadores defendieron históricamente, sitúa hoy a la mayoría explotada en una clara posición de inferioridad frente a la minoria explotadora, la cual detenta un control absoluto de todos los mecanismos represivos directos (ejércitos, policías, terrorismo inducido, fuerzas paramilitares y empresas privadas de seguridad). Es en el plano de los mecanismos de represión indirectos (medios de comunicación, medios económicos, medios culturales, medios de ocio) donde podemos librar la batalla más efectiva ya que es ahí donde el sistema empieza a mostrarse más vulnerable y donde las grietas se están haciéndo más visibles y evidentes. El pulso ideológico tenaz, la indignación, la reivindicación de nuestras soluciones, el boicot, la toma pacífica de la calle y del espacio publico, y el establecimiento de redes para el desarrollo de acciones  colectivas intercomunitarias (con un especial énfasis en el apoyo a las luchas de los trabajadores asiáticos) se revelan hoy en día, bajo nuestro punto de vista, como las estrategias de acción con grandes posibilidades de éxito en el medio plazo.

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(1) BAUMAN, Z. “La globalización. Consecuencias humanas”. Fondo de Cultura Económica. México, 1999

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