Aprendiendo con Graeber (II): Necesidad de un sistema comunitario de crédito

sinergia3En el post anterior comentamos, siguiendo las líneas de estudio del brillante antropólogo David Graeber, que la base de la economía en las sociedades del pasado y el presente es el sistema de crédito. Las personas necesitamos crédito y confianza por parte de nuestros congéneres para crecer, desarrollarnos y poner en marcha proyectos de vida. De igual manera a como sucede en las economías familiares y en las comunidades con lazos afectivos más o menos extensos, los miembros mayores ayudan a los más jóvenes, los padres a los hijos, los más fuertes a los más débiles y los más diestros a los menos hábiles, con recursos materiales y/o conocimientos. Se parte de un principio implícito de funcionamiento social consistente en que esta ayuda o “crédito” será devuelto, en todo o en parte, cuando esos individuos, ahora frágiles, se hayan fortalecido. Se trata de un sistema basado en la confianza, no en la coacción, ya que difícilmente unos padres o unos hermanos mayores van a exigir a los menores la devolución de ese préstamo o ayuda en forma violenta. No se trata por tanto de “deudas” sino de compromisos de tipo ético para con el benefactor que, en un sentido amplio, sería la propia sociedad.

Es precisamente su carácter básico y primordial para el desarrollo de cualquier comunidad humana lo que hace que el sistema de crédito no pueda ni deba permanecer bajo el dominio exclusivo de unos entes privados y autónomos que no estén sujetos al control de la sociedad en su conjunto, ni tengan obligación de rendir cuentas ante nadie, excepto ante si mismos. Sencillamente el sistema de crédito es algo demasiado importante como para dejarlo en manos de grupos oligárquicos, regidos por élites de poder que pueden operar impúnemente al margen de los intereses de la colectividad y del bien común. Siguiendo el saber antropológico, en consecuencia, podemos establecer que no será posible el desarrollo de una sociedad mínimamente sana mientras no se garantice un sistema de crédito comunitario, ético y bajo control democrático. Asimismo no será posible una democracia política real sin una democracia económica que ponga los intereses de la comunidad por encima de las conveniencias de determinados indivíduos y grupos de poder, tal como está sucediendo en nuestros días.

Lo que nos jugamos no es, ni más ni menos, que caminar hacia un horizonte de libertad o hacia un lúgubre futuro de sumisión, dependencia, explotación y autoritarismo bajo el dominio de las élites financieras e industriales. Como complemento a los sistemas comunitarios de crédito serán necesarios mecanismos de contrapesos legales y de reparto de poder que garanticen el papel de la ciudadanía en la toma de decisiones referentes a la organización económica de la sociedad.

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