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abril 26, 2015

Los mapas del alma no tienen fronteras

galeanoEste post pretende ser un recordatorio de homenaje a este gigante del altermundismo o alterglobalización llamado Eduardo Galeano. Gracias, maestro.

Los mapas del alma no tienen fronteras – 13-07-2009

“El sentido comunitario de la vida es la expresión más entrañable del sentido común”

Palabras dichas por Eduardo Galeano en Montevideo, al ser condecorado en 2009 con la Orden de Mayo de la República Argentina.

Permítanme agradecer esta ofrenda que estoy recibiendo, que para mí es un símbolo de la tercera orilla del río. En esa tercera orilla, nacida del encuentro de las otras dos, florecen y se multiplican, juntas, nuestras mejores energías, que nos salvan del rencor, la mezquindad, la envidia y otros venenos que abundan en el mercado.

Aquí estamos, pues, en la tercera orilla del río, argentinos y uruguayos, uruguayos y argentinos, rindiendo homenaje a nuestra vida compartida, y por lo tanto estamos celebrando el sentido comunitario de la vida, que es la expresión más entrañable del sentido común.

Al fin y al cabo, y perdón por irme tan lejos, cuando la historia todavía no se llamaba así, allá en el remoto tiempo de las cavernas, ¿cómo se las arreglaron para sobrevivir aquellos indefensos, inútiles, desamparados abuelos de la humanidad? Quizá sobrevivieron, contra toda evidencia, porque fueron capaces de compartir la comida y supieron defenderse juntos. Y pasaron los años, miles y miles de años, y a la vista está que el mundo raras veces recuerda esa lección de sentido común, la más elemental de todas y la que más falta nos hace.

Yo tuve la suerte de vivir en Buenos Aires, en los años setenta. Llegué corrido por la dictadura militar uruguaya, y me fui corrido por la dictadura militar argentina.

No me fui: me fueron. Pero en esos años comprobé, una vez más, que aquella prehistórica lección de sentido común no había sido olvidada del todo. La energía solidaria crecía y crece al vaivén de las olas que nos llevan y nos traen, argentinos que vienen y van, uruguayos que vamos y venimos. Y en el tiempo de las dictaduras, supimos compartir la comida y supimos defendernos juntos, y nadie se sentía héroe ni mártir por dar abrigo a los perseguidos que cruzaban el río, yendo para allá o desde allá viniendo. La solidaridad era, y sigue siendo, un asunto de sentido común y por lo tanto era, y sigue siendo, la cosa más natural del mundo. Quizá por eso su energía, la siempreviva, fue más viva que nunca en los años del terror, alimentada por las prohibiciones que querían matarla. Como el buen toro de lidia, la solidaridad se crece en el castigo.

Y quiero dar un testimonio personal de mi exilio en la Argentina. Quiero rendir homenaje a una aventura llamada Crisis, una revista cultural que algunos escritores y artistas fundamos con el generoso apoyo de Federico Vogelius, donde yo pude aportar algo de lo mucho que me había enseñado Carlos Quijano en mis tiempos del semanario Marcha.

La revista Crisis tenía un nombre más bien deprimente, pero era una jubilosa celebración de la cultura vivida como comunión colectiva, una fiesta del vínculo humano encarnado en la palabra compartida. Queríamos compartir la palabra, como si fuera pan.

Los sobrevivientes de aquella experiencia creadora, que murió ahogada por la dictadura militar, seguimos creyendo lo que entonces creíamos. Creíamos, creemos, que para no ser mudo hay que empezar por no ser sordo, y que el punto de partida de una cultura solidaria está en las bocas de quienes hacen cultura sin saber que la hacen, anónimos conquistadores de los soles que las noches esconden, y ellos, y ellas, son también quienes hacen historia sin saber que la hacen. Porque la cultura, cuando es verdadera, crece desde el pie, como alguna vez cantó Alfredo Zitarrosa, y desde el pie crece la historia. Lo único que se hace desde arriba son los pozos.

La dictadura militar acabó con la revista y exterminó muchas otras expresiones de fecundidad social. Los fabricantes de pozos castigaron el imperdonable pecado del vínculo, la solidaridad cometida en sus múltiples formas posibles, y la máquina del desvínculo continuó trabajando al servicio de una tradición colonial, impuesta por los imperios que nos han dividido para reinar y que nos obligan a aceptar la soledad como destino.

A primera vista, el mundo parece una multitud de soledades amuchadas, todos contra todos, sálvese quien pueda, pero el sentido común, el sentido comunitario, es un bichito duro de matar. La esperanza todavía tiene quien la espera, alentada por las voces que resuenan desde nuestro origen común y nuestros asombrosos espacios de encuentro.

Yo no conozco dicha más alta que la alegría de reconocerme en los demás. Quizás ésa es, para mí, la única inmortalidad digna de fe. Reconocerme en los demás, reconocerme en mi patria y en mi tiempo, y también reconocerme en mujeres y hombres que son compatriotas míos, nacidos en otras tierras, y reconocerme en mujeres y hombres que son contemporáneos míos, vividos en otros tiempos.

Los mapas del alma no tienen fronteras.

enero 14, 2010

Haití

El primer país libre, de veras libre, fue Haití. Abolió la esclavitud tres años antes que Inglaterra, en una noche iluminada por el sol de las hogueras, mientras celebraba su recién ganada independencia y recuperaba su olvidado nombre indígena. El ejército de Bonaparte fue derrotado en 1804  y los esclavos negros rompieron sus cadenas antes que en ningún otro país del mundo. Aquella imperdonable osadía les costó a los haitianos uno de los mayores castigos que nunca se haya ejecutado en la historia contra una nación por parte de los hombres blancos, dueños del mundo: Humillación, aislamiento, expolio, martirio, repudio, exterminio… Tan increíble fue el crimen de aquel pueblo en su lucha contra los imperios que aún hoy, más de 200 años después, sigue pagando el precio. Pero mientras pagan nos miran fijamente, sin bajar la cabeza, nos miran.

(Parcialmente tomado a partir de un texto de Galeano, en su libro “Espejos”)

agosto 9, 2008

Espejos. Último libro de Eduardo Galeano

Espejos

Ya tenemos en nuestras manos el último libro de Eduardo Galeano (“Espejos. Una Historia Casi Universal”) publicado en la editorial Siglo XXI. En este libro el autor uruguayo hace un recorrido por una gran cantidad de hechos históricos para recrearlos, con un formato de microrelatos, bajo un prisma no coincidente con las “verdades oficiales” que suelen establecer los vencedores. El hilo conductor es la denuncia de la injusticia a través de sus múltiples manifestaciones: explotación, machismo, colonialismo, esclavitud, ecocidio, imperialismo… Las potencias occidentales (Inglaterra, Bélgica, Alemania, EEUU, España, Italia…) no salimos muy bien paradas. Estoy de acuerdo con este genial autor en todos los enfoques que expone en su magistral libro excepto en uno: Creo que se equivoca en su comprensión y tratamiento del hecho religioso. A diferencia de él yo pienso que la religiosidad es intrínsecamente positiva ya que supone una fuente insustituible de fe, esperanza y compromiso a favor de la justicia social para cualquier ser humano. Otra cosa es la manipulación que ciertos grupos de poder han realizado tradicionalmente de este potentísimo “motor de acción para el comportamiento humano” en favor de intereses totalmente espúreos o perversos. No sé cual será tu opinión al respecto pero yo creo que esto es aplicable a cualquiera de las cinco grandes religiones, de las que podremos encontrar en la historia manifestaciones maravillosas a nivel personal y colectivo así como crímenes cometidos en su nombre por las propias jerarquías que han tenido la responsabilidad de liderarlas.

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