Posts tagged ‘Jesús’

enero 13, 2011

Política, Socialismo y Religión

Un conjunto variado de instintos, tendencias, pulsiones y herramientas cognitivas conforman nuestro ser social e individual

Entendemos la Política como el relato de las luchas de los seres humanos por intentar organizar la sociedad en la que viven de manera que les resulte lo más soportable y segura posible. Desde este punto de vista sería muy difícil desligar la historia de la Religión de la historia de la Política. La religión se convirtió en una de las primeras herramientas políticas de la que dispusieron nuestros antepasados al proporcionarles colectivamente un bastón intelectual con el que enfrentarse a los insoportables niveles de incertidumbre vital que se desprendían de su extremada vulnerabilidad. No hay cultura antigua que no disponga de un sistema de símbolos y creencias asociado a la perdurabilidad del alma más allá de los límites y miserias materiales del cuerpo. La religiosidad sería pues algo casi instintivo en el ser humano, estando grabada en la propia memoria genética de la especie, de la misma forma que su pulsión política e inseparablemente unida a ésta.

Cuando las primeras mujeres y hombres se encomiendan a aquellos dioses primitivos, invocando su protección contra los enemigos naturales o implorando a la lluvia, al sol o al viento sus favores, estaban haciendo política. No sólo buscaban seguridad y certidumbre sino que además conseguían cohesión, identidad y vínculación social entre los miembros de sus pequeñas y desvalidas comunidades. Sin saberlo estaban construyendo un destino compartido en torno a unos potentes símbolos comunes.

El uso político de la religión se imprime, por tanto, en su mismo certificado de nacimiento. Aunque estamos aún ante una religiosidad multiforme, animista y claramente vinculada con los fenómenos cotidianos de la naturaleza, constituye ya un potente e indispensable puntal de comunión social y, por tanto, un incuestionable factor político. La utilidad del sentimiento religioso era enorme para aquellas primeras mujeres y hombres, tanto en el plano individual como en el colectivo, ya que en torno a él comienzan a tejerse redes de vinculación afectiva y apoyo mutuo en las luchas contra las múltiples adversidades que el entorno les depara de manera cotidiana.

En algún momento evolutivo de nuestra historia esta religiosidad politeísta, expandida y desbordante comienza a ser encauzada por determinados grupos humanos en un nuevo sentido: ¿Si los dioses y sus símbolos pueden ser tan fuertes y útiles como elementos políticos porqué no concentrarlos, unificándolos y multiplicando así su valor y su potencia social?. Va gestándose así el nacimiento del monoteísmo, una nueva fuerza política arrolladora que poco a poco se impondrá, empujando y arrinconando al antiguo y disperso desfile de divinidades múltiples.

Las culturas semíticas de la antigüedad desarrollan este enfoque político monoteísta con resultados muy positivos desde el punto de vista de la supervivencia de sus primitivas comunidades. Encuentran, en torno a su concepción religiosa de nuevo cuño, un factor aglutinante de resistencia contra grupos rivales muchas veces superiores en fuerza o número. Se dibujan así los primitivos relatos bíblicos en torno a las luchas contra la pétrea y politeísta cultura imperial egipcia por parte de tribus nómadas del desierto o, de manera muy posterior, contra la sólida cultura imperial romana. La herramienta del monoteísmo queda validada históricamente con triunfos parciales sobre enemigos que, a simple vista, pudieran haber parecido invencibles. Comienza a dibujarse un mundo aparentemente configurado en torno a dos opciones: creyentes monoteístas y creyentes politeístas, denominados genéricamente como paganos.

Con la aparación del palestino Jesús de Nazaret y las primeras comunidades cristianas la historia de las religiones toma un nuevo giro. La potencia del monoteísmo deja de asociarse a un determinado movimiento de liberación nacional para reclamar una visión universalista que trasciende a grupos culturales concretos. El mensaje religioso aspira ahora a convertirse en un factor de cohesión dirigido a la humanidad en su conjunto, en lugar de utilizarse en clave de “consumo interno”. Este es un cambio copernicano que, aún en nuestros días, sigue pugnando frente  al enfoque restringido, nacionalista, esencialista y estructuralmente violento defendido por influyentes sectores del poder realmente existente. Daría la impresión de que la religión, alcanzado este punto de inflexión histórico que coincide con el alumbramiento del cristianismo, intentara liberarse del lazo indisoluble que la vincula con la política. Sin embargo, tras este intento, emerge (nada más y nada menos) que la aspiración de hacer política en una nueva y diferente dirección, más internacionalista, igualitarista, pacifista y anclada en la búsqueda de una justicia universal. No podría ser de otra forma porque la religión es intrínsecamente política y, por tanto, nunca podrá desprenderse de su otro yo.

Siglos después será la figura de Mahoma en la península arábiga quien transmitirá un nuevo impulso al desarrollo de una visión transcultural e interétnica de la religión. El Islám incorporará al palestino Jesús como uno de sus profetas y, en gran parte, integrará su doctrina social dentro de su propio cuerpo filosófico. Frente a una visión esencialista de la religión, destinada a un hipotético “pueblo elegido” el Islám y el Cristianismo pretenden dirigir su mensaje a toda la comunidad humana en su conjunto, como única nación, como familia planetaria fraterna. También dentro del judaísmo se erigen voces que defienden una nueva interpretación de ese controvertido sujeto histórico conocido como “Casa de Israel” en un sentido inclusivo, humanista y totalizador.

Sin embargo los poderes políticos instaurados, llámense reyes, papas o banqueros, siempre han aspirado a domesticar este fuerza telúrica, como es el instinto religioso intrínseco al ser humano, en beneficio propio. En gran medida lo consiguieron cuando el imperio romano adopta el cristianismo como religión oficial, comprando a sus líderes jerárquicos con todo tipo de prebendas y privilegios. De la misma forma el imperio económico de nuestros días sigue aspirando a cooptar esta fuerza y a sus supuestos representantes en el golfo pérsico, norte de África, Europa o Norteamérica fomentando enfoques religiosos abiertamente dogmáticos y estructuralmente violentos que sirven de coartada para implementar estrategias decididamente represivas como el terrorismo de estado contra las aspiraciones libertarias de los pueblos.

Bajo nuestro punto de vista los sectores más influyentes del socialismo anticapitalista (tanto marxista como libertario) han cometido un importante error estratégico en las últimas décadas al interpretar la relación entre política y religión de una manera desenfocada. El pretender desentenderse de la dimensión intrínsecamente religiosa del ser humano, conceptualizándola en ocasiones como algo que debe ser extirpado, sólo ha conseguido alejarla de enormes masas de  trabajadores, potenciales receptores de su mensaje. Su visión excesivamente intelectualizada de la realidad no ha sabido o querido entender que el ser humano es consustancialmente religioso, de la misma forma que es instintivamente político y materialmente débil, desvalido y limitado. Su visión de la religiosidad como un factor incapacitante para el desarrollo humano en lugar de como una herramienta psicológica evolutivamente valiosa para su ser social e individual, le ha empujado a ceder un enorme terreno en la batalla política, replegándose y entregando a sus rivales ideológicos enormes extensiones de “tierra fertil” a cambio de nada. Haría bien, bajo nuestro parecer, el nuevo socialismo anticapitalista, en enderezar el rumbo de su discurso entendiendo que el componente religioso de la psique humana está aquí para quedarse (al menos durante algunos cientos de años más) y que no es posible construir un relato político sin incorporar adecuadamente elementos que apunten a una cierta trascendencia mística de nuestros actos, decisiones y pensamientos.

La solución podría venir a través de una apuesta decidida por las visiones universalistas del hecho religioso, existentes en todas las grandes religiones, frente a las versiones esencialistas, agresivas y castradoras de la alteridad del cristianismo, judaísmo, hinduísmo o islamismo. Esas visiones estrechas y sesgadas no son más que la apuesta política de los grandes grupos de poder económico, alimentada con sus propios dólares y euros, por llevar el agua religiosa al molino de sus intereses de clase, es decir, intentos por construir teologías de la dominación. Pero frente a estas visiones existen también las correspondientes teologías de la liberación, ancladas en los conceptos de justicia, equidad, reparto, soberanía respeto o convivencia. El socialismo no debe de tener miedo ni complejos de usar todo este imaginario conceptual en lugar de negarlo. Los miles de millones de musulmanes, cristianos, judíos, hindúes o budistas no van a dejar de serlo, de repente, por mucho que ciertos sectores muy influyentes dentro de eso que algunos llaman “la Izquierda política” europea o norteamericana lo deseen.

abril 1, 2010

Shiismo y Cristianismo: Espiritualidades hermanadas

Cristianismo y Shiísmo, dos místicas hermanadas con profundas coincidencias

En estos días del año el Cristianismo celebra sus momentos grandes. Se conmemora la pasión, muerte y resurrección de su figura central, el palestino Jesús de Nazaret. Las procesiones que recorren las calles de medio mundo nos recuerdan una serie de acontecimientos que hunden sus raíces en tiempos remotos y que no pueden ocultar lazos de sorprendente parentesco con otras religiosiades aparentemente distantes como el shiismo islámico.

* Shiismo y cristianismo comparten una mística del martirio, en un caso encarnado directamente por Alí, Hoseyn y el resto de los Imames y en el segundo por Jesús y sus apóstoles. Todos ellos son violentamente asesinados por un poder material despótico que, paradójicamente, es derrotado. La resurrección y la vida terminan imponiéndose a la muerte y a la arbitrariedad humana. El sacrificio y la lucha espiritual se convierten en ambos casos en una fuente de redención y salvación.

* Cristianismo y shiismo comparten el culto a una figura femenina maternal que encarna los valores de amor infinito y desinteresado hacia sus hijos e hijas, fraguando una comunidad de hermanos, con vínculos firmes a través de una sagrada familia universal. En el primer caso estamos ante la Virgen María, en el segundo ante Fátima, hija del Profeta.

* Cristianismo y shiismo sufren persecusión y deben resistir los envites del poder totalitario que pretende aniquilarlos. Los cristianos deben recurrir a las catacumbas (en un sentido tanto literal como simbólico) en ciertos momentos y lugares de la Historia. Los shiítas recurren a la ocultación para sobrevivir en un mundo marcado por una feroz hostilidad hacia ellos.

* Shiismo y cristianismo se alimentan originariamente de la sed de Justicia frente a un poder externo opresor, como motor teológico, en búsqueda incesante de un Reino fraterno de paz e igualdad entre los hombres.

* Ambas religiosidades tienen sus peregrinaciones, sus capillas sagradas, sus imágenes, sus mediadores, su teología de la liberación… y por supuesto sus propias élites traidoras, que intentan secuestrar y manipular el sentimiento místico profundo, arraigado en el corazón humano, canalizándolo en privilegio para sus propios intereses de clase.

febrero 13, 2010

Jesús y el Judaísmo

Jesús, el palestino, inasible objeto de deseo para los ideólogos del choque de civilizaciones

En la última década hemos asistido a la llegada de una multitud de publicaciones cuyo único objetivo es afirmar, de manera compulsiva, que Jesús de Nazaret era incuestionablemente judío. Punto final, asunto concluído, no se admiten preguntas. (Ni siquiera la pregunta … vale, bien, pero … ¿qué es un judío?). Parece evidente que las élites que detentan el poder económico mundial están tremendamente interesadas en fijar de manera indisoluble un pacto o alianza entre los lobbys sionistas y los fundamentalismos cristianos, tratando de apropiarse del icono “Jesús de Nazaret”, como patrimonio exclusivo, como nexo estratégico ideal para ser  utilizado de ariete contra el Islám, en su interesada ideología del “choque de civilizaciones”. El sionismo agresor, completamente deslegitimado en el plano popular internacional, precisa para su supervivencia a corto plazo secuestrar este tipo de símbolos, con la connivencia del fundamentalismo cristiano neoliberal.

A pesar del enorme esfuerzo económico, mediático e intelectual invertido en fabricar “verdades históricas” para dar soporte ideológico a esta alianza neo-colonial, la realidad es tozuda y no siempre se deja domesticar. La relación entre Jesús y el Judaísmo es mucho más compleja, ambigua y contradictoria de lo que, de manera insistente e hiperreduccionista, se nos intenta hacer entender. Basta una breve revisión del tema para darnos cuenta de las realidades escondidas tras el discurso burdamente simplista y lleno de trampas que la cultura del imperio intenta colocarnos:

1. En la época de Jesús el término judío tenía un sentido completamente diferente al que tiene en la actualidad. Judío era entendido, desde un punto de vista religioso, como “creyente en la unicidad de Dios” (monoteísta), en contraposición de los gentiles/paganos que, o bien no creían o bien tenían otros dioses relacionados con tradiciones helenísticas (politeístas) o cultos panteístas. En este sentido amplio Jesús era judío… al igual que lo serían todos los seguidores de cualquiera de las tres grandes religiones abrahámicas en la actualidad, incluídos los cientos de millones de musulmanes que habitan la Tierra. No debemos olvidar que el Islám rinde culto a las enseñanzas de Jesús de Nazaret, así como a los profetas del Antiguo Testamento que es el libro fundacional del Judaísmo. ¿Habrá sitio en el “hogar nacional judío” para tanta gente?.

2. El término judío en la actualidad tiene un sentido muy diferente al original ya que sólo incluye a los seguidores de la tradición talmúdica (menos de un par de decenas de millones de personas en el mundo, es decir menos del 1% de la población mundial). A diferencia de los musulmanes,  los judíos de la actualidad no aceptan la figura de Jesús de Nazaret como un referente de autoridad religiosa. (¿Serán los judíos actuales  menos “judíos” que los propios musulmanes, que sí creen en las enseñanzas de Jesús de Nazaret?). La trampa que nos tienden los “think tanks” sionistas es crear una sensación de identidad entre el judaísmo abierto, inclusivo y pacifista de Jesús (que abarcaría actualmente a casi el 60% de la población mundial, creyentes en las tres grandes religiones abrahámicas) con el actual judaísmo sionista israelí que es cerrado, exclusivista, violento y pseudofascista (menos del 0,1% de la población mundial, un pequeño porcentaje sobre el total de los judíos, ya de por sí un grupo muy minoritario a escala mundial). Cualquier parecido entre ambos conceptos es pura coincidencia, exceptuando la utilización manipuladora del adjetivo “judío”.  El pensamiento único al servicio de las élites tendría una supuesta potestad para manejar el concepto en un sentido abierto,  inclusivo y universalista o profundamente excluyente,  etnocrático y nacionalista según la conveniencia en cada momento y situación.

3. Ni siquiera en la época de Jesús de Nazaret el término “judío” tenía un sentido unívoco. Una vez superado el punto de acuerdo sobre la unicidad de Dios se abrían enormes brechas entre el protocomunismo esenio (corriente en la que, muy posiblemente, estaba encuadrado Jesús de Nazaret), el dogmatismo farisaico o el legalismo saduceo. Hasta tal punto llega la ambigüedad del término que en el propio evangelio se refleja una visión negativa de los judíos como “asesinos de Jesús” y otra visión más positiva como pueblo depositario del mensaje revelado a Moises. La propia prédica de Jesús es una crítica continua a la visión del judaísmo defendida en su época por las autoridades políticas y religiosas, críticas que afectan a núcleos esenciales de la creencia judaica y que, en último extremo, le cuestan la vida acusado de blasfemia. Lo que olvidan decir los intelectuales a sueldo de Israel es que si usamos la acepción restringida del término judío (esa que maneja el sionismo para definir lo que ellos llaman “hogar nacional”), como seguidor de las tradiciones y preceptos talmúdicos… Jesús no era judío.

4. Es muy posible que en la versión original del Evangelio se estuviera apelando a un gentilicio con el término “judío” como natural de Judea, al igual que se usan otros muchos gentilicios en las Escrituras (samaritano, galileo, idumeo, nabateo…). En este sentido hubiese sido menos ambigua la traducción “judeano”. Basta ojear este pasaje de Jn 11, 7-8: “Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”. Le replicaron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y otra vez quieres ir allí” para comprender el valor gentilicio del término. En este sentido Jesús tampoco sería judeano (judío) ya que está más que atestiguado que su matriz social, familiar y cultural era Galilea, no Judea. En Jn 7, 52: “Estudia mejor las Escrituras y verás que de Galilea no salen profetas” o en Jn 7, 41: ¿…acaso puede el Mesías venir de Galilea?.

5. A pesar de que continuamente se intenta deslizar interesadamente la idea contraria no hay nada de étnico en la condición de judío. Hay judíos etíopes, sudafricanos, neozelandeses, argentinos, rusos, austríacos… Como ha sucedido en cualquiera de las otras religiones ha habido históricamente una “captación de adeptos”,  que se traduce en “conversiones” realizadas en multiplicidad de nichos étnicos y geográficos, muy diferentes entre si. No en vano la gran mayoría de los judíos que habitan actualmente en Israel no son étnicamente semitas ya que proceden de centro-europa y Europa del Este, constituyendo lo que se conoce como la “nación yiddish”. Los yiddish o judíos askenazíes (el 80% sobre el total de los judíos) son convertidos a lo largo de la historia y por tanto carecen de ningún tipo de vínculo étnico con los originarios judíos semitas. Nunca, jamás los tatarabuelos de estos askenazíes vivieron en Palestina. Si consideramos que, desde un punto de vista étnico y teniendo en cuenta su abrumadora superioridad demográfica, son los askenazíes los que controlan de manera casi completa el manejo, el concepto y el destino del pueblo judío también podría afirmarse que Jesús no es un yiddish (judío). En este sentido el historiador judío contemporáneo Shlomo Sand, antes citado, llega a afirmar que desde el punto de vita étnico los actuales palestinos serían descendientes mucho más directos de los judíos que vivían en Canaán en el siglo I que los que actualmente ocupan Palestina, procedentes originariamente de Europa Oriental.

Canaán, cuna del multicultural pueblo palestino

6. Aún aceptando un lejano y dudoso parentesco entre la mayoría yiddish y la minoría hebrea es necesario recordar que el origen del pueblo hebreo es Mesopotamia, actual Iraq. Los hebreos invaden Canaán (la actual Palestina) entrando en guerra con los habitantes de aquella tierra, que ya venía siendo habitada por los cananeos (ascendientes de los palestinos) desde al menos 10 siglos antes. Las tribus hebreas se organizan en una alianza militar que recibirá el nombre de Israel. Canaán es rebautizada como “Palestina” por los romanos, en honor de los filisteos (Palestina=Tierra de los filisteos), otro pueblo invasor procedente del Mar Egeo y enemigo de los israelitas. Hay pobladores cananeos previos a las invasiones filisteas y hebreas,  que siguen viviendo allí durante milenios, durante la época de Jesús (Mt. 15, 21-28),  tras siglos de dominación romana y hasta la actualidad.

7. En calidad de invasores temporales los israelitas tendrían los mismos derechos sobre tierra cananea que los egipcios, los sirios, los iraníes, los turcos o incluso los británicos, como podemos comprobar en esta sinópsis cronológica. Los habitantes más legitimados para vivir en esa tierra serían los cananeos, es decir los palestinos y sus descendientes. El nombre de ese país no tendría que ser otro que Palestina o Canaán. Dentro de ese país, en justicia histórica, deberían convivir palestinos ateos, palestinos musulmanes, palestinos judíos, palestinos cristianos y palestinos panteístas. Como cuna de religiones debería ser una nación de paz, completamente desmilitarizada.

Respecto a la cuestión ¿Jesús judío, Jesús Galileo o Jesús Palestino? y sus implicaciones existe una discusión abierta en la entrada de la wikipedia sobre Jesús de Nazaret.

octubre 6, 2009

Diamantino García

El próximo Febrero se cumplirán 15 años de la muerte de este religioso de izquierda. El Domingo pasado, mientras marchaba por las calles de Sevilla contra la crisis capitalista, veía las mareas humanas de la gente del SAT y del SOC. Bien es cierto que también había gente de la CNT, CGT, IA, IU…pero la inmensa mayoría eran jornaleros. Ese movimento vivo se juega el cuello de verdad en cada encierro, en cada ocupación, en cada corte de carretera o de línea férrea, mientras otra mucha gente “de izquierda” mira (¿miramos?) el toro desde la barrera. Muy grandes, como siempre Sánchez Gordillo y Cañamero.

Hoy no obstante mi recuerdo es para el cura Diamantino García. Sin su trabajo, su lucha y su testimonio es seguro que el SAT-SOC no sería hoy esa fuerza viva, digna y beligerante que afortunadamente es. Izquierda de verdad pura, dura y comprometida.

Aquí os dejo una pequeña reseña que se publicó en el año 95, cuando muere Diamantino a los 50 años:
Diamantino García: El cura de Los Corrales, defensor de los desheredados.
http://www.elmundo.es/papel/hemeroteca/1995/02/10/nacional/27383.html

Marx se equivocaba al afirmar que la religión es el opio del pueblo. Para Diamantino y millones de campesinos en España o América es más bien un ariete de choque contra la explotación capitalista.

Etiquetas: , ,
julio 14, 2009

Jesús el palestino

jesus3.jpgEn muchos textos y artículos, comenzando por la propia wikipedia, estamos acostumbrados a leer que Jesús fue un predicador judío. Sin embargo las enseñanzas transmitidas por Jesús de Nazaret y recogidas en el Nuevo Testamento evidencian profundas divergencias con las costumbres y principios nucleares del Judaísmo. Por ejemplo, un principio básico de esta tradición religiosa y cultural sería la creencia en el carácter de “pueblo elegido por Dios” como rasgo fundacional de la comunidad judía. El mensaje de Jesús, por contra, habla de que Dios Padre no tiene elegidos por razón de nacimiento, etnia o creencia. No hay un pueblo elegido sino una fraternidad universal entre todos los seres humanos de la Tierra. Jesús pone en cuestión muchas tradiciones y ritos propios del judaísmo (la autoridad de sus líderes espirituales, el carácter sagrado del día de fiesta, el tipo de alimentos que pueden ingerirse, la interpretación superficial de las escrituras transmitida por sus rabinos…). Esta actitud crítica le granjeó fuertes odios, envidias y miedos y, en gran parte por ello, fue ejecutado. Muchos judíos de generaciones posteriores lo critican, llamándole impostor, farsante, falso profeta o cosas mucho peores. ¿Qué sentido tiene pues calificarlo como “judío” cuando muchísimos de los miembros de su hipotética comunidad no lo aceptan como tal?.

Jesús de Nazaret no es de nadie y a la vez es de todos. Jesús no era más ario que árabe, no más occidental que oriental, no más del Norte que del Sur, no más clerical que laico, no más conservador que revolucionario, no más judío que palestino.

Etiquetas: , ,
A %d blogueros les gusta esto: