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septiembre 7, 2010

Kropotkin, la ayuda mutua y el origen de las religiones

Kropotkin, un gigante del pensamiento que nos propone una antropología siempre vanguardista

(Textos tomados del Prólogo y las conclusiones de la obra “El Apoyo Mutuo: Un factor de la Evolución”, del científico anarquista Piotr Kropotkin:

“En el mundo animal nos hemos persuadido de que la enorme mayoría de las especies viven en sociedades y que encuentran en la sociabilidad la mejor arma para la lucha por la existencia, entendiendo, naturalmente, este término en el amplio sentido darwiniano, no como una lucha por los medios directos de existencia, sino como lucha contra todas las condiciones naturales, desfavorables para la especie. Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido llevada a los límites más restringidos, y en las que la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo, invariablemente son las especies más numerosas, las más florecientes y más aptas para el máximo progreso. La protección mutua, lograda en tales casos y debido a esto la posibilidad de alcanzar la vejez y acumular experiencia, el alto desarrollo intelectual y el máximo crecimiento de los hábitos sociales, aseguran la conservación de la especie y también su difusión sobre una superficie más amplia, y la máxima evolución progresiva. Por lo contrario, las especies insaciables, en la enorme mayoría de los casos, están condenadas a la degeneración.

Pasando luego al hombre, lo hemos visto viviendo en clanes y tribus, ya en la aurora de la Edad Paleolítica; hemos visto también una serie de instituciones y costumbres sociales formadas dentro del clan ya en el grado más bajo de desarrollo de las primeras comunidades humanas. Y hemos hallado que los más antiguos hábitos y costumbres tribales dieron a la humanidad, en embrión, todas aquellas instituciones que más tarde actuaron como los elementos impulsores más importantes del máximo progreso. Del régimen tribal de los salvajes nació la comuna aldeana de los “bárbaros”, y un nuevo círculo aún más amplio de hábitos, costumbres e instituciones sociales, una parte de los cuales subsistieron hasta nuestra época, se desarrolló a la sombra de la posesión común de una tierra dada y bajo la protección de la jurisdicción de la asamblea comunal aldeana en federaciones de aldeas pertenecientes, o que se suponían pertenecer a una tribu y que se defendían de los enemigos con las fuerzas comunes. Cuando las nuevas necesidades incitaron a los hombres a dar un nuevo paso en su desarrollo, formaron el derecho popular de las ciudades libres, que constituían una doble red: de unidades territoriales (comunas aldeanas) y de gremios surgidos de las ocupaciones comunes en un arte u oficio dado, o para la protección y el apoyo mutuos. También hemos considerado cuán enormes fueron los éxitos del saber, del arte y de la educación en general en las ciudades medievales que tenían derechos populares.

En su lucha por la vida -dice Kropotkin- el hombre primitivo llegó a identificar su propia existencia con la de la colectividad, y sin tal identificación jamás hubiera llegado la humanidad al nivel en que hoy se halla. Si los pueblos “bárbaros” parecen caracterizarse por su incesante actividad bélica, ello se debe, en buena parte al hecho de que los cronistas e historiadores, los documentos y los poemas épicos, sólo consideran dignas de mención las hazañas guerreras y pasan casi siempre por alto las proezas del trabajo, de la convivencia y de la paz. Gran importancia concede a la comuna aldeana y la propiedad compartida de la tierra, institución universal y célula de toda sociedad futura, que existió en la gran mayoría de los pueblos y sobrevive aun hoy en algunos. En ella no sólo se garantizaban a cada campesino los frutos de la tierra común sino también la defensa de la vida y el solidario apoyo en todas las necesidades de la vida. Enuncia una especie de ley sociológica al decir que, cuanto más íntegra se conserva la obsesión comunal, tanto más nobles y suaves son las costumbres de los pueblos. De hecho, las normas morales de muchos pueblos pre-románicos eran muy elevadas y su derecho penal relativamente humano frente a la crueldad del derecho romano o bizantino.

Sin embargo, la gran importancia del principio de ayuda mutua aparece principalmente en el campo de la ética, o estudio de la moral. Que la ayuda mutua es la base de todas nuestras concepciones éticas, es cosa bastante evidente. Pero cualesquiera que sean las opiniones que sostuviéramos con respecto al origen primitivo del sentimiento o instinto de ayuda mutua -sea que lo atribuyamos a causas biológicas o bien sobrenaturales- debemos reconocer que se puede ya observar su existencia en los grados inferiores del mundo animal. Desde estos grados elementales podemos seguir su desarrollo ininterrumpido y gradual a través de todas las clases del mundo animal y, no obstante, la cantidad importante de influencias que se le opusieron, a través de todos los grados de la evolución humana hasta la época presente.

Aún las nuevas religiones que nacen de tiempo en tiempo nunca fueron más que la afirmación de ese mismo principio. Hallaron sus primeros continuadores en las capas humildes, inferiores, oprimidas de la sociedad, donde el principio de la ayuda mutua era la base necesaria de la vida cotidiana; y las nuevas formas de unión que fueron introducidas en las antiguas comunas budistas y cristianas, en las comunas de los hermanos moravos, etc., adquirieron el carácter de retorno a las mejores formas de ayuda mutua que se practicaban en el primitivo período tribal. Cada vez que se hacia una tentativa para volver a este venerado principio antiguo, su idea fundamental se extendía. Desde el clan se prolongó a la tribu, de la federación de tribus abarcó la nación, y, por último -por lo menos en el ideal-, toda la humanidad. Al mismo tiempo, tomaba gradualmente un carácter más elevado.

En el cristianismo primitivo, en las obras de algunos predicadores musulmanes, en los primitivos movimientos del período de la Reforma y, en especial, en los movimientos éticos y filosóficos del siglo XVIII y de nuestra época se elimina más y más la idea de venganza o de la “retribución merecida”: “bien por bien y mal por mal”. Llegamos así a la más elevada concepción moral: -No vengarse de las ofensas-, y el principio: “Da al prójimo sin contar, da más de lo que piensas recibir”. Estos principios se proclaman como verdaderos principios rectores de la ética, como principios que ocupan más elevado lugar que la simple “equivalencia”, la imparcialidad, la fría justicia, como principios que conducen más rápidamente mejor a la felicidad. Incitan al hombre, por esto, a tomar por guía, en sus actos, no sólo el amor, que siempre tiene carácter personal o, en el mejor de los casos, carácter tribal, sino la concepción de su unidad con todo ser humano, por consiguiente, de una igualdad de derecho general y, además, en sus relaciones hacia los otros, a entregar a los hombres, sin calcular la actividad de su razón y de su sentimiento y hallar en esto su felicidad superior. En la práctica de la ayuda mutua, cuyas huellas podemos seguir hasta los más antiguos rudimentos de la evolución, hallamos, de tal modo, el origen positivo e indudable de nuestras concepciones morales, éticas, y podemos afirmar que el principal papel en la evolución de la humanidad fue desempeñado por la ayuda mutua y no por la lucha mutua”.

mayo 30, 2010

La cultura del esfuerzo

Conseguir esto no es cuestión de azar, sino de trabajo y esfuerzo colectivo

En todo tipo de tertulias comprobamos a diario un clamor general que coincide en afirmar la pérdida de la cultura del esfuerzo como uno de los principales problemas que hay que resolver para mejorar nuestras expectativas de desarrollo social. Se sostiene, en este caso con plena razón, que ha habido un cierto declive en la motivación intrínseca de los individuos hacia la realización de tareas que sólo se vean recompensadas tras un largo lapso de tiempo. Entender porqué se produce este efecto en la sociedad actual nos llevará a formular las propuestas adecuadas para comenzar a revertir la situación:

1) Uno de los orígenes principales de esta pérdida de motivación hacia el esfuerzo como medio de obtener objetivos vitales es la fuerte ludopatización de la sociedad. En la vida cotidiana se nos bombardea con múltiples mensajes que nos inducen a pensar que el azar es nuestra esperanza principal de progreso personal: loterías del estado, cupones, quinielas, primitivas, bono-lotos, casas de apuestas on-line, sorteos como incentivo de venta, salones de juego directo, máquinas tragaperras, bingos y un sinfín de propuestas similares nos inundan por doquier. El mensaje es “la vida es una tómbola, juega porque es la principal  y casi única vía para escapar de tus problemas y de tu anodina existencia”. La dramática ludopatización de la sociedad es un auténtico torpedo en la línea de flotación de la “cultura del esfuerzo” y es quizás una de las principales causas de su declive. En consecuencia la primera medida efectiva a tomar sería la fuerte reducción o eliminación del asfixiante ambiente ludopatizante que nos envuelve, es decir la práctica prohibición de los juegos de azar. El propio funcionamiento de la economía se ha revestido de este halo de imprevisibilidad, azar, especulación o casino. Grandes fortunas se hacen o deshacen en bolsa en cuestión de minutos a partir de determinadas “apuestas” sobre un determinado valor. ¿Qué sentido tiene esforzarse si hay tantas maneras de hacerse millonario de manera rápida, contundente y sin grandes incomodidades?

2) La sociedad hiperconsusmista que el capitalismo ha construido necesita placeres rápidos e instantáneos. Esperar no entra en el vocabulario del márketing directo y agresivo que nos ahoga. ¿Te gusta? ¡Pués consíguelo ya!. Si no tienes dinero para pagar no te preocupes, te damos crédito. Fruto de esta patologización consumista del individuo nos vemos sumidos en una gigantesca deuda privada. El 85% de la deuda española, así como en el resto del mundo, es deuda privada. Aunque este dato suele permanecer convenientemente velado, las familias deben más que las propias administraciones públicas. Sin embargo esto no parece ser problema para los ideólogos del sistema que siguen induciendo a la gente hacia el consumo y endeudamiento compulsivo. La segunda medida podría ser, por tanto, gravar con un fuerte impuesto todos los gastos publicitarios de las grandes empresas. El nuevo mensaje sería: Consume sólo los productos que necesites y procura ahorrar primero, mediante tu esfuerzo, antes de adquirirlos para no tener que endeudarte. El crédito, tanto para empresas como para particulares, debe ser administrado con gran responsabilidad por instituciones bajo control público. La pura lógica de la cultura del esfuerzo nos dice: “Si quieres gastar ahorra primero”.

3) La cultura del esfuerzo no es solo un logro individual sino también colectivo. El sentirse parte integrante de un proyecto compartido constituye un potente factor motivacional añadido para los indivíduos en su propio desempeño individual, como ha demostrado en innumerables ocasiones la Psicología Social. Las comunidades que más han conseguido progresar trabajan de manera cooperativa en la búsqueda de objetivos comunes. Cuando los elementos colectivos se ponen en valor los individuos creamos más y mejor con la ilusión de no defraudar el esfuerzo de los compañeros y la expectativa que estos depositan sobre la calidad de nuestra aportación. En la naturaleza tenemos innumerables ejemplos de este tipo de esfuerzo colectivo, desde la construcción de una colmena por parte de las abejas hasta la elaboración de una enciclopedia del conocimiento humano a partir de una red de unidades colaborativas. La tercera medida para recuperar esta cultura del esfuerzo es la puesta en valor del concepto de laboriosidad colectiva, tan propio de las culturas orientales o de autores clásicos como Kropotkin, que debería ser de lectura obligatoria en los centros educativos.

La ludopatización de la sociedad y la economia, la facilitación compulsiva del consumismo mediante deuda,  junto con el fomento de la despreocupación individualista son las principales causas del socavamiento de la cultura del esfuerzo en Occidente. Nada como la reversión de estos factores desencadenantes para fortalecer este pilar necesario para la construcción de una nueva sociedad más sana, potente, cohesionada y esforzadamente comprometida con su futuro.

mayo 24, 2010

El altruismo como núcleo de la construcción social

El altruismo y el apoyo mutuo, piedras angulares para el futuro de la especie

A lo largo de la historia de la humanidad la familia ha constituido una céleula de importancia radical para el futuro de los individuos y de la especie. Son ya clásicos los estudios de Engels y otros autores al respecto. Por supuesto entendemos aquí el concepto familia en un sentido amplio y milenario, en una secuencia mutable a lo largo de las épocas y los lugares, en donde la variante tradicional occidental es sólo una de las múltiples alternativas posibles. Lo que define de manera esencial a la institución familiar, entendida ésta de una manera tan abierta y pluriforme como seamos capaces de imaginar (poliándrica, poligámica, sindiásmica, comunal, tradicional, monoparental, homosexual…), es el componente ALTRUISTA en la prestación de servicios que se establece entre cuidadores y prole. La relación, hasta que el indivíduo alcanza unas mínimas capacidades para llevar una existencia independiente, es plenamente desinteresada, desprovista de cualquier componene relacionado con la búsqueda del lucro o el beneficio ante un futuro lejano y completamente incierto. Sólo un intangible sentimiento de “solidaridad intergeneracional” puede explicar una conducta tan poco sujeta a recompensas materiales inmediatas como los cuidados que los adultos proporcionan a sus descendientes. Gracias a este vínculo los sujetos jóvenes desarrollan una “urdimbre afectiva” (siguiendo el concepto acuñado hace décadas por el médico español Rof Carballo) que les dará la seguridad psicológica necesaria para desarrollar una vida futura satisfactoria. La familia transmite al infante, mediante transacciones genuinamente altruistas, las herramientas mentales y conductuales necesarias para seguir manteniendo la cadena social sobre la que se edifica la propia supervivencia de la especie.

Nadie “se ha hecho a si mismo”, ninguna persona “ha conseguido todo lo que tiene sin que nadie le regale nada”. Estas afirmaciones tan propias del individualismo neoliberal son intrínsecamente falsas. Somos lo que somos porque hemos tenido una familia biológica y social que nos ha regalado prácticamente todo sin exigirnos ninguna compensación monetaria o material a cambio. Como decía el propio Rof  “el hombre está constituido de manera esencial por su prójimo“. A buen seguro que un gigante del pensamiento llamado Piotr Kropotkin, autor de esa imprescindible obra titulada “el apoyo mutuo“, hubiera compartido dicha afirmación. Cualquier sistema económico que olvide esta realidad altruista y mutualista constitutiva de toda especie viva, despreciando este pacto fundacional y atávico contraido para con sus semejantes, lleva en su seno la semilla de su propia destrucción.

febrero 24, 2010

Software y anarquismo

Épocas distintas, la misma lucha. La libertad siempre ha escocido a los imperios.

Cada día que pasa el capitalismo criminal muestra con mayor claridad su auténtica esencia liberticida. Cuando ellos hablan de “libertad” realmente quieren decir férreo control político, generación de dependencia, colonialismo, sumisión, esclavitud. Cuando la auténtica LIBERTAD aflora se sienten amenazados y deciden atacarla con todas las armas a su alcance. Así puede entenderse su agresión al software libre:

El eje del mal del software libre

Hoy más que nunca usa software libre. El imperio está tocado. Vamos bien. Nunca el mundo podrá agradecer suficientemente a los gigantes anarquistas, a Richard Stallman y a toda la comunidad del Conocimiento Libre lo que están haciendo por el progreso de la humanidad  frente al fascio-capitalismo de las corporaciones.

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