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abril 19, 2014

Piketty: La brecha creciente entre ricos y pobres amenaza con destruirnos

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Capitalism simply isn’t working and here are the reasons why. Thomas Piketty.

Parece que ya hasta los liberales están indignados con la dinámica destructiva que el capitalismo ultradepredador de la actualidad está desatando. Es el caso del reputado economista Thomas Piketty, que en su último y exitoso libro “El capital en el siglo XXI” llega a importantes conclusiones, tras un exhaustivo análisis de datos históricos:

Cualquier persona con capacidad de compra en una época en que el aumento de los rendimientos del capital rentista especulativo es muy superior a los del capital productivo y al de los salarios se convertirá rápidamente y en forma desproporcionada en más y más rica. El incentivo en ser un especulador es muy superior al de convertirse en una persona que toma riesgos empresariales. Nuestros ricos y millonarios no tienen por qué respaldar la innovación o invertir para producir porque es mucho más facil y seguro recoger los beneficios de sus rentas y bonos garantizados. Las exenciones de impuestos, los paraísos fiscales y el interés compuesto se encargará del resto. Es revelador que el duque de Westminster y el conde de Cadogan sean dos de los hombres más ricos de Gran Bretaña. Esto se produce en virtud de los campos en Mayfair y Chelsea que sus familias poseen hace siglos en propiedad y en la falta de voluntad política para poner freno a los vacíos legales que permiten que las propiedades de la familia no dejen de aumentar. Nada que ver con el planteamiento liberal originario que defendía el aumento de riqueza y salario en proporción al mérito y al trabajo y no a la estirpe o al nivel previo de patrimonio acumulado en generaciones anteriores.

El propio dinamismo capitalista se ve así socavado. Piketty señala que los ricos son eficaces en la protección de su riqueza frente a impuestos y que progresivamente la proporción de la carga fiscal total asumida por las personas con rentas medias ha aumentado. Como resultado, la obligación de pagar por bienes públicos, constitucionalmente garantizados como la educación, la salud y la vivienda, es asumida cada vez más por los contribuyentes de la clase media empobrecida, que no tienen los medios para sostenerlos. Los modelos fiscales que tienden a aumentar los impuestos indirectos como el IVA mientras disminuyen los impuesto directos sobre los patrimonios, no hacen sino echar aún más leña al fuego de la desigualdad.

Por lo tanto el propio modelo se convierte en una receta para la desaceleración del dinamismo empresarial, el crecimiento de las economías rentistas, el endurecimiento de las condiciones de trabajo de los asalariados, el freno a la innovación y la degradación de los servicios públicos. Mientras tanto, los ricos se hacen cada vez más ricos y se desconectan más y más de las sociedades de las que forman parte, así como de las obligaciones inherentes a su matenimiento. Su riqueza poco tiene que ver con el mérito o el trabajo duro, sino con la suerte de estar al mando del capital y de recibir rendimientos más altos que los salarios y que las inversiones productivas. Así vemos como la desigualdad de la riqueza en Europa y EE.UU supone ya el doble de la desigualdad de ingresos el 10% superior ya ha conseguido acumular entre el 60% y 70% de toda la riqueza, mientras concentra “solo” de un 25% a 35% de todos los ingresos-. Esta concentración de la riqueza ya se encuentra en los niveles previos a la Primera Guerra Mundial, y se aproxima de nuevo a los de finales del siglo XIX. Hay un perverso efecto de retroalimentación entre la riqueza y los ingresos: En última instancia, una gran riqueza añade ingresos no trabajados a los ingresos ya obtenidos, acelerando aún más el aumento de la desigualdad.

El proceso desbocado por el cual el capital se multiplica más rápido para concentrarse en cada vez menos manos está en marcha otra vez y en una escala global, como sucedió en el periodo previo a la primera guerra mundial. Las consecuencias, escribe Piketty, son “potencialmente aterradores”.

La lección del pasado es que las sociedades, bajo estas circunstancias, tratan de protegerse a sí mismas mediante el cierre de sus fronteras, a través de revoluciones o en última instancia a través de la guerra. Piketty teme que se repita. Tampoco parece probable que el sentido de la justicia inherente a los seres humanos haya quedado suspendido. Por supuesto, la reacción juega de manera diferente en diferentes épocas.  Hay sospechas más que fundadas de que la energía escondida tras el nacionalismo escocés, catalán, vasco o tras muchos otros brota del deseo de construir un país donde las desigualdades de riqueza sean menos consentidas que en sus Estados matrices (Inglaterra o España en los ejemplos citados).

Las soluciones, para el autor, pasan por una tasa impositiva sobre los ingresos altos de hasta el 80%, de un impuesto sobre sucesiones efectivo, por los correspondientes impuestos sobre la propiedad y, debido a que el problema es global, un impuesto sobre el patrimonio mundial, actualmente inconcebible. Pero como dice Piketty, la tarea de los economistas es que todo esto sea más concebible. Su libro, sin duda, contribuye a ello y los de nuestra doctora en Economía Miren Etxezarreta también.

marzo 1, 2014

Promover limitaciones a la concentración individual de riqueza

Cada vez son más las personas que comienzan a ver con claridad que la desigualdad económica extrema es un grave y creciente problema para nuestro futuro común. Cada vez son más las personas que comienzan a entender que es indispensable compartir con más equidad los recursos limitados del planeta para garantizar un horizonte de progreso, estabilidad social y sostenibilidad.

La desigualdad está alcanzando cotas escandalosas, y aún así continúa aumentando aceleradamente ante la pasividad de los gobiernos. Según datos recientes, quienes poseen más de un millón de dólares de patrimonio son sólo el 0,7% de la población mundial, pero acumulan el 41% de la riqueza del planeta. Por contra, la mitad de la población mundial ni tan siquiera reúne el 1% de la riqueza.

Ese reparto extremadamente desigual fomenta la pobreza y promueve que una élite de multimillonarios controle, directa o indirectamente -a través de consejeros y directivos con remuneraciones asombrosas-, las grandes empresas estratégicas, los gobiernos y los medios masivos de comunicación, a la par que impone su agenda, que básicamente consiste en abaratar la mano de obra y facilitar indefinidamente su propio enriquecimiento personal. Quienes disponen de riquezas exageradas pueden comprar voluntades políticas, desvirtuando la democracia y manipulando “los mercados” en su propio y exclusivo provecho. Debemos corregir ese riesgo innecesario poniendo un límite a nuestra propia ambición y también, democrática y pacíficamente, a la de tod@s.

Por ello creemos que sería una buena idea proponer una limitación legal a la posibilidad de enriquecerse estableciendo la cantidad tope, igual para todos, de 1 millón de dólares. ¿Acaso hace falta tanto para ser feliz?. El Parlamento Europeo está obligado a defender el bienestar de la ciudadanía, asumiendo su responsabilidad sobre el control de la escandalosa cota de desigualdad que nos invade.

Ahora bien. Deberíamos empezar por nosotr@s mismos para dar ejemplo. Imponernos una autolimitación en nuestros propios patrimonios personales es un paso indispensable si queremos disponer de la legitimidad necesaria para proponer esa limitación a otr@s. Por ello la creación de un registro público y oficial de autolimitación de la riqueza en una cuantía determinada sería necesaria. La cifra del millón de dólares hace referencia al punto de corte aproximado en el que se sitúa la élite del 1% mundial que más dinero (y por tanto poder) acumula. Esta es la casta que impone sus intereses de manera totalitaria al 99% restante. No podemos criticarlos con auténtica coherencia si previamente no declaramos de manera pública y verificable que nos negamos a formar parte de ese club.

NoMasDeUnMillon: Petición a los miembros del nuevo Parlamento Europeo

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