Posts tagged ‘procomun’

junio 10, 2015

El Bloque de los comunes: Lecciones tras el 24M

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Si los resultados de las pasadas elecciones locales y autonómicas del 24 de Mayo en el estado español pueden dejarnos alguna lección esa es la de que ninguna fuerza política es suficientemente fuerte como para ocupar, en la actualidad, una posición de control hegemónico en el tablero del poder institucional. La pérdida de mando sufrida por el PP (Aquí puedes consultar quién se ha quedado la alcaldía en cada municipio) es más que evidente, pero la alternativa de gobierno no parece ni mucho menos clara. Por otra parte también es posible extraer la conclusión de que las candidaturas municipalistas de carácter transformador obtienen sus mejores resultados en aquellos lugares donde las siglas políticas tradicionales han entendido que debían difuminarse para ceder el protagonismo a proyectos globales, bajo nuevas marcas que permitieran el acople de identidades múltiples. Los ejemplos de Barcelona, Madrid, A Coruña o Zaragoza, entre otros, son muy claros. Estos proyectos globales solo pueden dar “el salto de calidad” (otros prefiere llamarlos “desbordamiento democrático”) cuando trascienden el tradicional eje “izquierda-derecha” para apelar a nuevas categorías de interpretación de la realidad, a nuevos relatos que ponen el foco sobre el eje de separación arriba-abajo, bajo el paraguas de “lo común” o “de los comunes”. Y es lógico que así sea.

El sistema capitalista, en su deriva actual, muestra con toda su crudeza que su lógica interna dispara la desigualdad hasta llevarla al paroxismo en cada vez más lugares del mundo. Los hechos demuestran que su principal combustible de funcionamiento, por no decir el único, es la fractura de la sociedad en minorías cleptocráticas acaparadoras de todo tipo de derechos y privilegios derivados de la acumulación de capital frente a amplias mayorías condenadas a deslizarse indefinidamente por la pendiente de la precariedad, la inseguridad vital y la explotación laboral. En este contexto cada vez cobra menos sentido, a ojos de millones de ciudadan@s, el trazar líneas divisorias que nos remiten a una hipotética distribución de la sociedad en mitades simétricas (izquerda/derecha), sino que la auténtica separación está situada entre la protección de lo común (abajo) y la apropiación por desposesión que ejercen las élites (arriba). El problema no está en decidir entre hipotéticas izquierdas o derechas sino en que el disponer de un empleo ya no te garantiza dejar de ser pobre, en la deuda creciente al servicio de los lobbys financieros, en la degradación de nuestro parimonio natural o en los escalofriantes genocidios silenciosos que grupos terroristas aliados de “respetables” gobiernos totalitarios protagonizan por medio mundo.

Igual que, en su momento, se solicitó encarecidamente a Izquierda Unida el renunciar a su marca en aras de la construcción de proyectos globales municipalistas, toca ahora a Podemos recorrer el mismo camino para las generales. Es el momento de hacer el “bloque de los comunes”, siguiendo las enseñanzas de las municipales, en donde movimientos asamblearios y personas independientes con una trayectoria reconocida en la lucha social y en la defensa de los intereses de la gente corriente asuman un papel protagonista, mientras los partidos políticos al uso permanencen en la retaguardia. Todo nuestro apoyo al manifiesto abriendo podemos y al planteamiento “Ahora en Común” (“Ahora en Común“).

Programa de radio de Javier Gallego 16/6/15: “Confluencia o muerte

diciembre 2, 2014

Lo público no es de todos: Mejor hablemos de lo común

Artículo de Francisco Jurado Gilabert, publicado en eldiario.es – ¡Gracias!

Imagínense una comunidad de vecinos cualquiera. Un día, una empresa de telefonía contacta con su presidente y le ofrece colocar una antena en la azotea del bloque de la comunidad. El presidente, que fue elegido por la mayoría de los vecinos, accede al ofrecimiento sin someterlo a ninguna votación y, ante cualquier queja vecinal, se remite a las elecciones, argumentando que, para las próximas, se vote a otro, si se quiere. Pero la antena allí seguirá, en virtud del contrato que se haya firmado con la empresa.

¿Podría pasar esto en la vida real? No, porque la Ley de Propiedad Horizontal, que rige todo lo relativo a las comunidades de propietarios, establece que las decisiones más importantes que afecten a la comunidad deben someterse a votación, no bastando el poder que se confiere a su presidente para que las adopte por su cuenta.

Cuando hablamos de “lo público”, tenemos la falsa sensación de que es algo de todos. La sanidad, la educación, los transportes metropolitanos…, los sentimos como nuestros pues, entre otras cosas, se sostienen con cargo de los presupuestos públicos, que resultan, en gran medida, de los impuestos que pagamos. Sin embargo, puede pasar que un servicio publico sea privatizado por decisión de unos determinados cargos electos, en virtud de su  posición de representantes políticos, sin necesidad de recabar aprobación ciudadana alguna. “Vote usted a otro la próxima vez”, pero el daño ya está hecho.

 Tomemos como ejemplo el caso de Telefónica, empresa pública privatizada entre los años 1995 y 1999. Si telefónica hubiera sido de todos, ¿cómo fue posible que se malvendiera -incluyendo toda la red de infraestructuras- sin que la gente pudiera o tuviera nada que decir?

“Lo público” no es de todos, principalmente porque, como sucede con “lo privado”, su propiedad y su gestión son centralizadas, dependen de por completo, en este caso, de la Administración y están sujetas, por tanto, a la voluntad decisoria de las personas que la gestionan o, en última instancia, a las personas que elaboran las leyes que regulan esa gestión. Se confunde, entonces, la titularidad pública con “lo común” que, históricamente, era un régimen de propiedad y de gestión distribuida, que se daba principalmente sobre los bienes y los recursos naturales que compartía una comunidad. Este régimen de enajenación y explotación impedía que ninguna persona, por sí sola, tuviera ningún control exclusivo sobre el uso y disposición de un bien o recurso común.

Cuando, hoy en día, se debate sobre la necesidad de que determinados sectores estratégicos se mantengan bajo dominio público o se renacionalicen, volvemos a caer en la misma confusión. Dotarnos de una banca pública, incluso si está sujeta a una fuerte regulación, no impide que un nuevo juego de mayorías parlamentarias vuelva a pervertirla. Lo mismo sucede con la sanidad o la educación, que viven en permanente riesgo de privatización, y cuya defensa se convierte en un ejercicio continuo de lucha social y judicial, precisamente, porque su titularidad se restringe a la Administración y su gestión depende y se concentra en manos de los representantes políticos del momento.

Cualquier decisión que afecte a los derechos fundamentales que tenemos, como seres humanos, debería poder ser refrendada por todas las personas, en votación directa, como si de una comunidad de vecinos se tratase. La representación política no puede otorgar un cheque en blanco para que los cargos electos decidan unilateralmente sobre cuestiones que afectan enormemente a nuestra vida. Cambiar el voto en las siguientes elecciones no garantiza que decisiones fatales se puedan deshacer o que las suframos durante largos años.

Por todo esto, hay que empezar a diferenciar, tanto en el plano lingüístico como en el jurídico, qué es un bien o servicio de dominio común y cuál uno de titularidad pública. Y en este tiempo, en el que parece que es posible redefinir las instituciones, en el que hay nuevos partidos, con vocación rupturista y renovadora, éstos deberían abanderar en sus programas la vuelta lo común, la defensa de lo común, sobre todo, y a pesar de una hipotética victoria, para que en unos cuántos años no nos vuelvan a birlar o a esquilmar lo que, en realidad, es de todos.

enero 12, 2014

Los comunes: ¿tragedia o modelo de futuro?

(Texto-resumen inspirado en la primera parte de la conferencia de David BollierThe Commons, Political Transformation and Cities”)

commonsLos comunes (procomún) son, en esencia, un muy antiguo sistema de gobernanza para la administración de los recursos y, a la vez, una propuesta actual y potencialmente transformadora para la política, la economía y la cultura . En su sentido más amplio los bienes comunes nos hablan sobre la gestión compartida y democrática de las cosas que tod@s necesitamos para vivir, como agua, aire, bosques, pesca, agricultura o conocimiento entre otras. Se trata de asegurar que protegemos estos recursos y los transmitimos en unas condiciones que posibiliten la vida de las generaciones futuras. Los bienes comunes se extienden desde el ciberespacio hasta el subsuelo, alcanzando los campos, los parques, los vastos repositorios de información, las plazas de las ciudades del mundo que son las cunas de la comunidad o la creación de obras culturales que deben ser compartidas para que puedan dotarse de sentido.

Sin embargo, a mucha gente, la mención del término “bienes comunes”  le evoca de inmediato la idea de un modelo inaplicable. La mayoría de los economistas del sistema nos dirán que los comunes terminan resultando una tragedia. El ejemplo clásico es que si tenemos un prado comunitario sobre el que muchos pastores pueden dejar comer a sus rebaños, ninguno de ellos tendrá un incentivo racional para limitar su consumo por lo que el prado terminará inevitablemente sobreexplotado y arruinado. Este dogma ha prevalecido en la mente popular y entre los economistas desde 1968, cuando el biólogo Garrett Hardin escribió un famoso ensayo titulado “La tragedia de los comunes”. Fue una parábola conveniente para el sistema, ya que da a entender que es necesario un régimen de derechos de propiedad privada, junto con mercados liberalizados, para resolver la tragedia de los comunes. En su interesada filosofía solo si las personas disfrutan de un régimen cerrado y fuertemente exclusivo en el disfrute de los bienes estarán motivadas para protegerlos (en este caso sus tierras de pastoreo).

Pero Hardin nos hacía trampas con su razonamiento ya que, de hecho, lo que el describía no era el modelo del procomún. Él más bien dibujaba un escenario en el que no había límites al usufructo del bien compartido, no había reglas racionales para su gestión y mantenimiento ni comunidad de usuarios. Sencillamente los comunes no son eso. Se trata de una manipulación interesada ya que lo que él  y los economistas del sistema intentaban hacernos ver como procomún no era más que un régimen de acceso desregulado a los recursos de tod@s, con depredación, rapiña y explotación de los mismos, en un caos descontrolado que nada tiene que ver con la propuesta del procomún. Los comunes (commons) tienen límites, reglas, seguimiento de uso , mantenimiento, cuidados, penalizaciones para los que van por libre y normas sociales . Un bien común exige que haya una comunidad responsable dispuesta a actuar como administradora del recurso. El procomún, por tanto, no solo hace alusión al recurso en si, sino que incluye además de forma obligatoria un modelo colectivo y racional de gestión, junto a una comunidad de usuarios, en un todo integrado. Wikipedia podría ser un buen ejemplo.

La tergiversación que Hardin realizó del concepto de bienes comunes quedó instalada en la mente de mucha gente y se convirtió en un artículo de la sabiduría convencional gracias a los economistas, ideólogos y “expertos” neoliberales. Temporalmente tuvieron éxito ya que durante las últimas dos generaciones los bienes comunes fueron considerados como un paradigma fallido de gobierno. Los manuales universitarios de introducción a la economía líderes en los EE.UU. ni siquiera mencionaban los bienes comunes como modelo de gestión.

Pero recientemente las cosas han comenzado a cambiar. La profesora Elinor Ostrom, de la Universidad de Indiana ha sido la académica más prominente en la tarea de resituar el modelo de los bienes comunes y refutar a Hardin. Tras largos años de investigación y trabajo de campo con múltiples comunidades humanas, Ostrom identificó algunos principios básicos para el diseño de una gestión exitosa del procomún. Durante las últimas décadas muchos colegas han demostrado en cientos de estudios que las colectividades humanas, conscientes de su responsabilidad, pueden hacer y gestionar con éxito la tierra, el agua, los bosques y la pesca como un bien común. Algunas lo han hecho durante cientos de años, como los pueblos indígenas, los aldeanos suizos que manejan altos prados de montaña o las comunidades de regantes, entre otros muchos. El gran logro de Ostrom ha sido ir contra el prejuicio establecido por la teoría economica convencional mientras generaba un campo fértil de estudio que combina la ciencia política, la sociología, la economía y otras ciencias sociales, llegando a ganar por ello el Premio Nobel de Economía en 2009. Por supuesto este modelo de gestión, nos recordaba la autora, no debe ser contemplado en ningún caso como una panacea o “solución mágica” a nuestros problemas políticos y socioeconómicos ya que su implementación requiere invariablemente buenas dosis de trabajo, formación y compromiso.

David-BollierEvidentemente la economía convencional tiene una gran dificultad para comprender los bienes comunes. No quiere entender que la comunidad, en lugar del individuo o el mercado, ha sido a lo largo de la historia el más eficiente agente regulador para el cuidado de las cosas que a tod@s atañen. Los bienes comunes asumen una perspectiva holística, no fragmenada, que contempla lo individual y lo colectivo como procesos anidados. Estamos, claro está, ante un paradigma muy alejado del individualismo de mercado. Los bienes comunes son también una amenaza para la economía convencional ya que nos propone una definición amplia del valor, como concepto no equiparable a precio en dinero. Porque, al fin y al cabo… ¿Cuál es el precio de la atmósfera?, ¿Cuánto vale el genoma humano? ¿y los suministros de agua dulce?, ¿Cuánto vale internet?. La falta de un precio por lo general significa que estas cosas existen fuera del mercado. El filósofo John Locke llamaba a tales cosas “res nullius”, es decir, Nulidades . Según su filosofía liberal la toma de estos bienes no está sujeta a reglas porque nadie tiene ningún derecho de propiedad exclusiva y no hay un precio para ellos. (¿No recuerda esto, en su resultado final destructivo, al modelo que describía el citado Garret Hardin, con la única diferencia de que en lugar de ser varios los pastores depredadores aquí se impone un único pastor que intentará acabar con el resto para explotar el recuso en solitario?). Según Locke, y su escuela de pensamiento, todo lo que tiene que hacer el hombre es “agregar su propio trabajo” para ganar el derecho a disfrutar ilimitadamente el bien natural codiciado. Esa es básicamente la justificación filosófica que los conquistadores y colonizadores han utilizado históricamente para reclamar la propiedad de las tierras arrancadas a pueblos ancestrales y, en nuestro tiempo, para reclamar la propiedad de los conocimientos etnobotánicos de las comunidades indígenas, de los códigos genéticos o de formas de vida microscópica con interés comercial. Es también el tipo de lógica utilizada por los arrastreros industriales que esquilman la vida en los espacios marinos. Es por eso que la tragedia de los comunes realmente debería llamarse “la tragedia del mercado”. El mercado / Estado es en gran medida incapaz de establecer límites a sí mismo o declarar que ciertos elementos de la naturaleza, la cultura o la comunidad deben permanecer inalienables para poder garantizar la supervivencia de la especie.

enero 3, 2014

Apuntes básicos para crear la Democracia en el siglo XXI

alternativas_desde_abajoYa estamos en 2014 y es un buen momento para recapitular brevemente el conocimiento adquirido en estos últimos años sobre las carencias estructurales de nuestra sociedad y sobre las líneas de acción necesarias para construir una democracia real. En campos como la representatividad, las finanzas, la ecología, el trabajo y la manera de admnistrar los recursos la confrontación entre los intereses de las élites y los de las mayorías sociales se ha hecho más y más visible, creando un frente de resistencias con grandes y sorprendentes líneas comunes en los cinco contienentes. Desde Brasil hasta Egipto, desde Bahrein hasta Islandia un pulso contra la opresión no ha dejado de sentirse, dibujando tres grandes ejes de propuestas para la emancipación de los pueblos y para la transición hacia un cambio de época.

1. Democracia participativa. Frente a la crisis de representatividad de los sistemas políticos tradicionales se han abierto demandas claras de democracia directa, que ayuden a superar el estado permanente de minoría de edad impuesta a la ciudadanía y su tutela forzosa por parte de conglomerados partitocráticos delegados que nunca respetan los compromisos adquiridos en periodos electorales y que solo sirven a los intereses de lás élites económicas que detentan el poder de forma totalitaria, en lo que ha venido a llamarse “feudalismo financiero”. Este nuevo poder del pueblo, en el que las nuevas tecnologías pueden servir de ayuda, está comenzando a ensayarse en forma de iniciativas legislativas ciudadanas, wikiproyectos legislativos, consultas vinculantes, listas abiertas con referendums revocatorios de mandato, reformas de leyes electorales para la democracia inclusiva, consejos deliberativos, asambleas populares con capacidad de autogestión, procesos transparentes de rendición de cuentas, blindajes normativos contra la corrupción, gestación de nuevas soberanías y empoderamientos ciudadanos, organizaciones políticas horizontalistas o presupuestos participativos.

2. Economía al servicio de las personas. El segundo eje de confrontación y de construcción de alternativas está apuntando con fuerza al terreno de la democracia económica y al desarrollo de un nuevo concepto de banca pública, ética y colectiva, con una auditoría profunda de la deuda pública frente a la socialización criminal de la deuda privada, con iniciativas de renta básica universal, con nuevas monedas complementarias, con la persecución comprometida de los paraísos fiscales, la limitación de grandes patrimonios o las cooperativas integrales de producción y consumo.

3. Gestión del procomún. Frente a la mercantilización agresiva de las bases indispensables para la vida (sanidad, educación, alimentación, vivienda, recursos naturales, conocimiento) se abre paso con fuerza la idea de que sin una gestión común, compartida, responsable y democrática de lo que es de tod@s no será posible la construcción de un futuro sostenible para el planeta. Más allá del Mercado y del Estado está lo Común (mares, ríos, montañas, subsuelo, aire, lenguas, cultura, tierra, saberes…) Poner el control y la posesión de todo eso en manos de unos pocos es visto cada vez más como el inicio de la más terrible de las dictaduras y por ello no va a ser permitido. La gestión del procomún también incluye una perspectiva ecológica y sosteniblemente decrecentista del uso de las energías y de los recursos materiales no renovables. Una visión redistributiva de los bienes disponibles y de las obligaciones propias de su conservación, comenzando por el reparto justo del trabajo y del salario, que supere las tradicionales visiones jerárquicas, etnocéntricas y patriarcales, se abre camino en nuestro imaginario colectivo.

Estos son los grandes retos y las vías de solución que tenemos por delante. “Sí se puede”. Entre todas y todos vamos a construirlo en los próximos años. Feliz 2014

PD. Esta entrada está inspirada en el muy recomendable documento “Cambio de época. ¿Cambio de rumbo?” de los profesores Jesús Sanz y Oscar Mateos.

diciembre 8, 2013

¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? (I)

(Esta entrada está basada en un artículo publicado por el ecologista Jorge Riechmann hace algún tiempo en la revista del CSIC Isegoría. El texto original “¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación“.)

Para entender la necesidad imperiosa de realizar una reforma estructural en nuestro modelo de desarrollo globalizado podríamos acudir a la  la metáfora que plantea la disyuntiva entre habitar un chalé aislado (opción “la casa de la pradera”, digamos), o un piso de un bloque de viviendas. En el primer caso, (visión del “mundo vacío”) puede uno hacerse la ilusión de que su forma de vivir no afecta a los demás, y –si cuenta con recursos suficientes— organizarse básicamente sin tener en cuenta a los otros. En el segundo caso (visión del “mundo lleno”), ello es manifiestamente imposible. Ahora bien: para generalizar en nuestra biosfera la manera de vivir que metaforiza “la casa de la pradera”, tendríamos que ser muy pocos y muy ricos, y sabemos que ése no es el caso. A comienzos del siglo XXI somos 7.000 millones de habitantes, con cientos de millones de pobres de solemnidad y un nivel aberrante de desigualdad social. Estamos abocados entonces a un modelo de convivencia que, a escala planetaria, se parecerá más a la de la comunidad de vecinos en el bloque de viviendas, es decir, a la visión del “mundo lleno”. Sin embargo a cualquiera que haya vivido las aburridas y muchas veces difíciles reuniones de los vecinos de la escalera, donde hay que aguantar las excentricidades de la del tercero derecha, las inaguantables pretensiones del morador del ático y el aburrido tostón que nos endilga el del segundo izquierda, la perspectiva podrá parecerle descorazonadora. No obstante ésa es la situación en que nos hallamos, y no va a modificarse ni un ápice por intentar ignorarla practicando la política del proverbial avestruz. Tendremos que mejorar la calidad de la convivencia con los vecinos de nuestra escalera, darnos buenas reglas para el aprovechamiento compartido de lo que poseemos en común, y educarnos mutuamente con grandes dosis de paciencia, tolerancia y liberalidad. Estamos obligados a llegar a entendernos con esos vecinos, so pena de una degradación catastrófica de nuestra calidad de vida… o quizá, incluso, de la desaparición de esa gran comunidad de vecinos que es la humanidad, cuya supervivencia a medio plazo en el planeta Tierra no está ni mucho menos asegurada.

Somos muchas y muchos viviendo dentro de un espacio ambiental limitado. Las reglas de convivencia que resultan adecuadas para esta situación son diferentes, sin duda, de aquellas que hemos desarrollado en el pasado, cuando éramos pocos seres humanos viviendo dentro de un espacio ambiental que nos parecía ilimitado.  Pensemos por ejemplo en que, todavía hoy, las subvenciones para actividades que destruyen el medio ambiente (como la quema de combustibles fósiles, la tala de los bosques, la sobreexplotación de acuíferos o la pesca esquilmadora) alcanzan en todo el mundo la increíble cifra de 700.000 millones de dólares cada año: se trata, evidentemente, de una situación heredada de tiempos pasados, cuando en un “mundo vacío” podía tener sentido incentivar económicamente semejantes actividades extractivas. En el caso concreto del estado español las petroleras consiguen beneficios extraordinarios en detrimento de las renovables gracias a la sumisión de los diferentes gobiernos a estos lobbys. En un “mundo lleno” todo esto resulta suicida: hacen falta nuevas reglas de convivencia (para empezar dejar de subvecionar tales actividades para pasar a gravarlas con ecoimpuestos o tasas ambientales, por ejemplo). Un asunto que en la nueva situación se torna imperioso es la necesidad de incrementar la cantidad y la calidad de la cooperación. Somos muchos, y estamos destinados a vivir cerca unos de otros. Tal situación no es necesariamente una condena: podemos y debemos transformarla en una ocasión para mejorar juntos. Pero eso nos exige pensar de otra manera sobre los valores de lo individual y lo colectivo, y en cierta forma nos convoca a reinventar la política, más allá del Mercado y del Estado, mediante el cuidado de lo común, como queda perfectamente expresado en el bellísimo texto La Carta de los Comunes.

Una tendencia histórica del capitalismo industrial ha sido producir cantidades crecientes de bienes y servicios con cantidades decrecientes de trabajo humano. En el “mundo vacío” de los comienzos de la industrialización, donde el factor trabajo escaseaba y el factor naturaleza abundaba, tenía sentido concentrarse en la productividad humana; en un “mundo lleno” en términos ecológicos, donde la situación es inversa (el factor trabajo abunda y el factor naturaleza escasea), hay que invertir en protección y restauración de la naturaleza, a la vez que hacemos disminuir las jornadas de trabajo. La jornada de trabajo de 8 horas fue una conquista de finales del siglo XIX que en siglo XXI ya debería ser actualizada. Hace un par de siglos, podíamos pensar que el mundo estaba lleno de naturaleza y vacío de gente; hoy está lleno de gente y cada vez más vacío de naturaleza. Observamos con claridad cómo, desde el momento en que se ha “llenado” o saturado ecológicamente el mundo, han de cambiar las reglas básicas de juego (en este caso, las estrategias de producción de bienes y servicios, así como el reparto del trabajo y sus jornadas) .

 En un “mundo lleno”, no quedan ya tierras vírgenes por explotar, y caen las bases de la teoría liberal de la apropiación justa. En un “mundo lleno” como el nuestro la filosofía de John Locke, Adam Smith, Jeremy Bentahn o  Stuart Mill ha dejado de tener sentido, porque esas teorías fueron formuladas hace siglos en un contexto en el que la naturaleza era concebida como un inmenso e inagotable cofre del que debíamos apropiarnos. En un planeta finito, cuyos límites se han alcanzado, ya no es posible desembarazarse de los efectos indeseados de nuestras acciones (por ejemplo, la contaminación) desplazándolos a otra parte: ya no hay “otra parte”. Una vez hemos “llenado el mundo”, volvemos a hallarnos de repente delante de nosotros mismos: recuperamos de alguna forma la idea kantiana de que en un mundo redondo nos acabamos encontrando. Por eso, en la era de la crisis ecológica global, la filosofía, las ciencias sociales y la política entran en una nueva fase de acrecentada reflexividad. Desde mañana, la humanidad debe ser diferente de lo que era ayer, del mismo modo que el hombre adulto se diferencia del niño.

(Continúa en ¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? (II) ).

agosto 22, 2013

Economía del don como fundamento del tejido social

Gift_EconomyDesde épocas remotas hasta el presente la humanidad ha practicado formas de intercambio no mercantilizado cuyo propósito ha sido primordialmente el sostenimiento de la vida. Las recompensas, en estos casos, adquieren un carácter básicamente social e intangible que solo se transformará en bienes o servicios materiales concretos de forma secundaria, indirecta y diferida en el tiempo. Hasta finales del S. XVIII economías no mercantilistas eran preponderantes en casi todos los rincones del mundo, es decir, han constituido el estado natural de relación en las sociedades humanas durante la inmensa mayoría de su historia, como explicó perfectamente Karl Polanyi en su conocida obra “La Gran Transformación”. Múltiples interacciones, no sujetas a la lógica capitalista, en forma de economía del don siguen jugando un papel decisivo en el día a día de nuestra especie como base primaria de reproducción de la urdimbre social, hecho que puede observarse de manera incuestionable en el tipo de relaciones que se dan dentro de cualquiera de los variados modelos posibles de familia. La economía del don consiste sencillamente en la entrega de bienes o servicios a la comunidad o grupo de pertenencia sin contrapartidas mecánicas de devolución, sobre la base de la confianza, la reciprocidad y la justa redistribución de los recursos. En un contexto de crisis sistémica como el actual cabe preguntarse… ¿Por qué lo que es bueno para la familia, contribuyendo de forma radical a su sostenimiento, no es bueno para la sociedad en su conjunto?. Si la familia es la célula de la sociedad… ¿Por qué no aplicar su dinámica de funcionamiento a los distintos órganos, músculos y aparatos que forman al cuerpo social completo, considerado como un todo?.

Muchos podrían pensar que este tipo de lógica relacional solo puede darse en el estrecho microcontexto de la unidad familiar. Sin embargo también podemos encontrar claros ejemplos de éxito del modelo aplicado a comunidades mucho más extensas que llegan a desbordar, incluso, los ámbitos geográficos de las patrias y las nacionalidades. Una buena muestra de ello es ese gigantesco edificio del patrimonio común del conocimiento llamado Wikipedia o la sorprendente y enormemente fructífera comunidad del software libre. Sin embargo no es nuestra intención dibujar un panorama idílico que pueda ocultar que la economía del don se enfrenta también a importantes tensiones, retos y peligros que tienden a empujarla hacia su dislocación conforme los lazos familiares o afectivos entre los miembros de las comunidades que la practican tienden a hacerse más frágiles o lejanos. Ello no significa, en absoluto, que la economía del don no pueda y deba seguir fructificando en grupos humanos formados por miles e incluso millones de personas, sino más bien que habrá que cuidar de una forma más metódica y pormenorizada las condiciones de posibilidad necesarias para que pueda seguir funcionando y expandiéndose de manera provechosa, estable y mantenida en el tiempo. Diversos estudios se han encargado de analizar estas cuestiones, destacando entre ellos los de Mancur Olson, Elinor Ostrom, Lawrence Lessig o Mark Van Vugt en el campo internacional o las aportaciones de Antonio Lafuente, Felipe Ortega y Joaquín Rodríguez, entre otros en el estado español. Como resumen, siempre abierto al debate, de las condiciones óptimas para la gestión exitosa de bienes comunes (procomún) basados en una economía del don, podríamos mencionar:

1) Garantizar un alto grado de transparencia y veracidad en el acceso a toda la información relevante para evaluar el estado general del sistema de patrimonio común por parte de cualquier miembro de la comunidad, así como de los mecanismos aplicados para asegurar la equidad en su disfrute.

2) Potenciar fórmulas de democracia cooperativa y con alta horizontalidad para la toma de decisiones de gobierno del procomún basado en una economía del don.

3) Articular mecanismos de atribución y reconocimiento social (capital simbólico) para aquellos miembros de la comunidad que más destacan en sus aportaciones al fortalecimiento del patrimonio común. (Actualización del sistema tradicional de Potlatch).

4) Trabajar con horizontes temporales limitados en la elección de las personas con funciones de especial responsabilidad productora o supervisora, fortaleciendo los ciclos naturales de sustitución de dichos individuos. (Se ha estudiado que tras un periodo situado en torno a los 200 días de trabajo las contribuciones de los wikipedistas tienden a decrecer progresivamente).

5) Promover un sentido colectivo de implicación en el proyecto, identidad, pertenencia y destino compartido basado en el apoyo mutuo entre los miembros de la comunidad.

6) Articular unos mínimos periodos de tiempo recomendados de trabajo que se dedicarán a tareas de fortalecimiento, cuidado y supervisión del procomún, basado en la economía del don.

7) Vigilar la correcta aplicación de las normas consensuadas, con posibilidad expresa de sanciones adaptadas a su incumplimiento y con disponibilidad de mecanismos de resolución de conflictos.

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Para concluir queremos reproducir un pequeño pasaje de los citados Felipe Ortega y Joaquín Rodríguez, tomado de su libro “El Potlatch digital. Wikipedia y el triunfo del procomún”:

“El triunfo de los comunes es un imperativo contemporáneo. La supervivencia misma de la especie está ligada al reconocimiento de que los recursos deben ser colectivamente gestionados, de que todos los agentes que están implicados en la cadena de valor de cualquier proceso de producción deben tener un poder real de participación en la toma de decisiones, asumiendo responsabilidades sobre la administración de dichos recursos. Solo de esta manera cabe generar una verdadera riqueza incremental que revierta sobre la propia comunidad en una espiral virtuosa que a todos concierne y beneficia” (Pg.198).

Como bien dice Francisco Jurado en su artículo El Poder y la Ley “la Administración juega con una ventaja psicológica, consistente en la asimilación que, de manera inconsciente, hacemos entre lo público y la gente, entre lo público y lo común. Algo que, al menos en lo dialéctico, ni siquiera la izquierda ha sido capaz de superar. Lo público, en su base jurídica, se establece sobre derechos de propiedad, gestión o disposición centralizados en pocas manos, utilizando la burocracia, la representación y la departamentalización como diques, como barreras a la entrada. Eso no es lo común”. Quizás sea la hora de empezar a reclamar la potencia de lo común, del don, de la redistribución de los recursos y sobre todo de la gestión colectiva de los mismos frente a un ambiguo concepto de lo público.

enero 9, 2013

El Procomún como espacio político: Bienvenidos al futuro

compartir_es_buenoEl concepto de Procomún (commons) hace referencia a todo aquello que es a la vez de tod@s y de nadie. Se trata de un espacio tangible y a la vez etéreo e inabarcable, una condición de posibilidad para la vida, una codiciada fuente de poder, materia, conocimiento y/o energía que intenta ser capturada por el Mercado y por el Estado en competencia contra pueblos y comunidades. El Procomún dibuja una frontera entre lo que puede y no puede ser vendido, escapando al ansia de omnipotencia inherente a la propiedad privada individual. El Procomún dibuja una línea de antagonismo con la Mercancía, en un límite dinámico, fluido y borroso, cuyos contornos son cambientes en función de cada momento histórico. Para que exista procomún debe existir un recurso y a la vez una comunidad necesitada de él que está dispuesta a autogestionarlo, conservarlo, administrarlo y reproducirlo buscando siempre el beneficio colectivo. Un procomún está salvaguardado por un grupo humano cuyo nexo es básicamente territoral, sea barrio, pueblo, nación o planeta. La clasificación del procomún suele establecer cuatro grandes ámbitos, solo diferenciados a efectos descriptivos:

* El medio natural. Incluye procesos y productos propios de la biosfera, la geosfera y la historia evolutiva, que suministran el soporte básico para nuestra vida como especie: Aire, océanos, mares, ríos, semillas, reservas protegidas, playas, fauna y flora salvaje, fuentes de energías renovables, fotosíntesis, ADN, polinización…

* El medio social. Incluye procesos y productos conseguidos por grupos humanos y que forman parte de nuestro patrimonio antropológico: Las lenguas y sus reglas, la literatura universal, el conocimiento científico acumulado, las tecnologías básicas, las creaciones culturales liberadas de los derechos de propiedad, los teoremas matemáticos, la jurisprudencia, el folclore, la gastronomía, los espacios públicos, los grandes monumentos…

* El medio corporal. Órganos y tejidos para transplantes, sangre, embriones, bases de datos de historias médicas, información genética, derecho a decidir sobre el propio cuerpo, disponibilidad laboral y sexual no forzada…

* El medio digital. Protocolos y estándares de comunicación informática, programas de codigo abierto, espacio radioeléctrico, redes de interconexión, acceso transparente a ficheros con información pública contrastada, derecho de acceso a los propios datos…

El procomún es también nuestro legado a las generaciones futuras. Es a la vez un espacio político para la apropiación de nuestras capacidades de autogestión, libertad y empoderamiento como seres humanos que aspiran a vivir de una manera digna, responsable y plenamente consciente frente a las imposiciones autoritarias emanadas desde el Estado y desde los Mercados. El Medio, su protección, conservación y cuidado, es el fin. Ningún fin bueno podrá ser alcanzado a través de medios contaminados, sometidos, cercenados o secuestrados en beneficio exclusivo de una élite minoritaria. De nosotr@s depende.

Para saber más: Antonio Lafuente. Los cuatro entornos del Procomún  –  David Bollier: The Commons, Political Transformation and Cities

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