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diciembre 17, 2013

¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? (y IV)

Se precisan reformas estructurales frente a modelos de pensamiento ya primitivos

Se precisan reformas estructurales frente a modelos de pensamiento ya primitivos

En entradas anteriores hemos enumerado de forma sintética los distintos problemas y las posibles vías de solución que pueden explorarse ante las fallas estructurales de un modo de pensamiento anticuado que pretende contemplar el mundo con la visión trasnochada propia de la soberbia liberal y mecanicista de siglos pretéritos. Se defendía también que solo mediante el establecimiento de nuevas preguntas podremos llegar a soluciones viables de futuro ya que las antiguas preguntas que nos planteaba el viejo sistema solo pueden llevarnos a “callejones” sin salida humana ni ecológica en el medio plazo. Los principios mencionados eran el principio de gestión racional de la demanda, el principio de biomímesis, el principio de ecoeficiencia, el principio de precaución y el principio de igualdad. En esta última entrada hacemos una breve alusión explicativa a los tres últimos:

3. Principio de ecoeficiencia

La pregunta clásica, en este campo, viene siendo ¿cómo sacar todo el rendimiento posible a las materias primas y a la energía disponible para maximizar la producción y la venta de mercancías?. Esta lógica lo reduce todo a un problema de eficiencia. La nueva pregunta, en este caso, debe ser ¿cómo planificar la tecnosfera humana, en cuanto al consumo de la energía y los materiales, de manera que encaje armoniosamente dentro de la biosfera?. Cuando se habla de cantidad y calidad, esta cultura bulímica nuestra tiende como siempre a la acumulación: Queremos calidad a la vez que sigue aumentando la cantidad. Pero de lo que se trata, quizá, es de que la creciente calidad compense la cantidad que ha de menguar. “La economía moderna –escribió hace más de treinta años Ernst F. Schumacher en ese clásico del pensamiento ecologista titulado Small is Beautiful— procura elevar al máximo el consumo para poder mantener al máximo la producción. En vez de ello, deberíamos maximizar las satisfacciones humanas mediante un modelo de consumo óptimo (no máximo). El esfuerzo –social y ecológico— para mantener una forma de vida basada en un modelo óptimo de consumo es mucho menor que el necesario para mantener un consumo máximo.” ¿Verdaderamente nuestros gobernantes y nuestros conciudadanos son incapaces de comprender la diferencia entre óptimos y máximos?. Sostenibilidad no es, de forma general, hacer más (aunque en algunos ámbitos haya que hacer más como en energías renovables o tecnologías limpias, por ejemplo). Se trata, sobre todo, de hacer distinto, de hacer menos y de hacer con mayor ecoeficiencia.

4. Principio de precaución

La pregunta habitual en este campo sería ¿Hay evidencia científica incuestionable que establezca que el uso de una determinada tecnología entraña un riesgo para la salud humana?. El sistema asume que si esa evidencia no existe la tecnología puede y debe ser utilizada. Este tipo de pensamiento nos coloca directamente ante lo que puede denominarse el “problema faústico”, es decir, el del “aprendiz de brujo” que termina viéndose engullido por su propio delirio de omnipotencia en el control sobre los fenómenos de la naturaleza. La nueva pregunta debería ser ¿Hay una evidencia científica que establezca que el uso de esa tecnología no implica riesgos evidentes para la salud y el medio ambiente?. El principio de precaución o principio de cautela es un concepto que respalda la adopción de medidas protectoras ante las sospechas fundadas de que ciertos productos o tecnologías crean un riesgo grave para la salud pública o el medio ambiente, pero sin que se cuente todavía con una prueba científica definitiva de tal riesgo. Para apartarnos de los “modelos” de la naturaleza necesitamos razones mucho más fuertes, y conocimiento mucho más fiable, que para seguirlos.

 5. Principio de Igualdad social

Vivimos una situación histórcia en la que el problema de la desigualdad socio-económica adquiere tintes cada vez más dramáticos. Los cuatro principios anteriores, por si solos, no son capaces de garantizar que el mundo no pueda caer en una forma de gobierno autoritario y vertical, en el que las personas dejen de ser meros sujetos pacientes de unas políticas diseñadas desde las élites. La pregunta tradicional que la retórica del sistema nos ha planteado en este campo, ha sido ¿Cómo podemos conseguir que todas las personas acumulen riquezas materiales y propiedades con una holgura tal que le proporcione una plena garantía de seguridad ante los vaivenes del destino?. La nueva pregunta que deberemos contestar en el siglo XXI será ¿Cómo podemos construir un sistema equlibrado de poder político y económico que pueda constituir un contrapeso funcional contra los excesos egoistas de ciertos grupos de presión?. El principio de igualdad social es el corolario necesario para la construcción de sociedades sostenibles ya que introduce el complemento indispensable para que la libertad, la responsabilidad y el equilibrio de poder entre los seres humanos se convierta en una salvaguarda efectiva de los posibles excesos. El humanismo, la ciencia y la inteligencia colectiva solo podrán articular soluciones viables en el largo plazo, para nuestros problemas como especie que debe vivir de manera armónica con su entorno, a través del principio de igualdad en el reparto de las responsabilidades y los beneficios que la vida nos proporciona. Cualquier otra tentativa de solución nos llevará, con una alta probabilidad, a la explosión de conflictos de escala progresiva con el medio y con nuestros congéneres.

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diciembre 11, 2013

¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? (III)

En una entrada anterior comentamos la necesidad inaplazable de construir un nuevo marco de pensamiento que supere la visión decimonónica de la economía basada en la idea de la conquista de un “mundo vacío” que debe ser dominado y explotado por el hombre hacia un planteamiento de “mundo lleno” que debe ser conservado y mejorado con citerios de racionalidad, partiendo del conocimiento profundo de su funcionamiento y de sus límites.

Ante la encrucijada actual de la crisis sistémica se enumeraban cinco problemas y cinco vías de solución:

problemasEl diseño de un futuro sostenible pasa por cambiar las antiguas preguntas (pensadas por Locke, Smith, Benthan, Mill o incluso Marx en un contexto histórico-filosófico de “mundo vacío”, propio de los siglos XVIII y XIX) por nuevas preguntas, adaptadas al muy diferente contexto actual de “mundo lleno”. Solo así podremos hallar las respuestas apropiadas a la realidad presente del siglo XXI. Las nuevas preguntas deben ser articuladas dentro de los principios que nos permitirán afrontar los cinco grandes problemas formulados anteriormente, que pasamos a analizar:

 huella_ecologica_pies11. Principio de gestión racional de la demanda:

Ante el “problema de escala”, es decir, de haber “llenado” el mundo de personas y de objetos artificiales, la pregunta ahora ya no es “¿cómo satisfacer una demanda de recursos naturales siempre en aumento?”, sino más bien: ¿cuáles son los límites biosféricos en lo que se refiere a fuentes –de recursos naturales y energía— y a sumideros –de residuos y contaminación–, y cómo ajustamos el impacto humano de manera que permanezcamos dentro de esos límites?. Como se ve, la inversión de perspectiva es completa: en un “mundo lleno”, la idea de soberanía del consumidor es anacrónica. En lugar de ello, los poderes públicos democráticos deben diseñar estrategias de gestión racional de la demanda en campos tan diversos como consumo de energía, consumo de agua, transportes, consumo de carne y pescado, uso de recursos minerales, etc., para no superar los límites de sustentabilidad. El término “racionamiento” aún asusta porque nos remite a momentos históricos de miseria y guerra. Sin embargo un afrontamiento responsable de nuestro presente y nuestro futuro nos coloca inevitablemente ante la idea de autorregulación individual y colectiva, o de limitación cuantitativa en aspectos tales como población, tecnología, prácticas sociales, acumulación de posesiones materiales de uso individual y, en general, imaginario cultural sobre qué entendemos por “vida buena”. Lejos de hallarnos ante los problemas “ingenieriles” de conseguir siempre más agua, energía, alimentos, sistemas de eliminación de residuos, etc., en realidad tenemos sobre todo que resolver problemas filosóficos, políticos y económicos que se refieren a la autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción. En un “mundo lleno”, no se trata ya de un (imposible) aumento indefinido de la oferta, sino de gestionar de manera global, equilibrada, racional y equitativa la demanda.

2. Principio de Biomímesis:

El cambio de pregunta aquí iría desde el ¿Cómo dar solución a una determinada necesidad humana de manera que sea susceptible de generar un rédito monetario? a ¿Cómo la naturaleza y los ecosistemas darían solución a este problema?. Esta nueva perspectiva nos ayudará a afrontar el “problema de diseño” de nuestro actual sistema sociopolítico. Desde hace decenios, ecólogos como Ramón Margalef, H. T. Odum o Barry Commoner han propuesto que la economía humana debería imitar la “economía natural” de los ecosistemas. El concepto de biomímesis hace referencia a esta idea de imitar a la naturaleza a la hora de reconstruir los sistemas productivos humanos, con el fin de hacerlos compatibles con la biosfera. No es que exista ninguna agricultura, industria o economía “natural” sino que, al tener que reintegrar la tecnosfera en la biosfera, el hecho de estudiar cómo funciona la segunda nos orientará sobre el tipo de cambios que necesita la primera. La biomímesis es pues una estrategia de reinserción de los sistemas humanos dentro de los sistemas naturales. Estos sistemas, orientados siempre a la compensación de los desequilibrios, podrían describirse en base a diez propiedades básicas:

1. Funcionan a partir de la luz solar. + 2. Usan solamente la energía imprescindible. + 3. Adecúan forma y función. + 4. Lo reciclan todo. + 5. Recompensan la cooperación. + 6. Acumulan diversidad. + 7. Contrarrestan los excesos desde el interior.  + 8. Utilizan la fuerza de los límites. + 9. Aprenden de su contexto. + 10. Cuidan de las generaciones futuras.

Y la naturaleza es la única empresa que nunca ha quebrado en sus 4.000 millones de años de existencia . Esta empresa se basa en un tipo de “economía” cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (que incluye, por ejemplo, el viento y las olas). En esta economía cíclica natural cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran. Por el contrario, la economía industrial capitalista desarrollada en los últimos dos siglos, considerada en relación con los flujos de materia y de energía, es de ejecución lineal: los recursos quedan desconectados de los residuos, los ciclos no se cierran. No se trata de que lo natural supere moral o metafísicamente a lo artificial: es que exhibe un funcionamiento más ajustado a los límites de la realidad porque lleva bastante más tiempo de rodaje.

 (Basado en ¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación. de Jorge Riechmann.)

[Continúa y finaliza aquí: ¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? (y IV)]

diciembre 9, 2013

¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? (II)

mundo-llenoEn la entrada anterior intentamos contraponer la visión primitiva del “mundo vacío”, sobre la cual se construyó todo el edificio teórico y filosófico del liberalismo económico que aún pervive, frente a la visión del “mundo lleno”, mucho más propia y adaptada al mundo del Siglo XXI. La visión del “mundo vacío” trae inevitablemente aparejada una serie de profundos problemas, para los cuales el propio modelo del pensamiento económico decimonónico carece de respuestas viables. Enumeremos algunos de ellos:

1. Hemos “llenado” el mundo no solo en términos de número de personas sino también en términos materiales, saturando el espacio ecológico (como nos ha hecho ver el economista ecológico Herman E. Daly desde hace más de dos decenios). A esto podemos denominarlo el problema de escala.

2. Nuestra tecnosfera está mal diseñada, y por eso –como nos enseñó el biólogo Barry Commoner hace más de treinta años— se halla “en guerra” con la biosfera. A esto lo llamaremos el problema de diseño.

3. Además, somos terriblemente ineficientes en nuestro uso de las materias primas y la energía como han mostrado, entre otros, Lovins y Ernst Ulrich. Denominaremos a esto el problema de eficiencia.

4. Nuestro poderoso sistema ciencia/técnica (que ahora podemos cabalmente llamar tecnociencia, tal y como insiste Javier Echeverría) anda demasiado descontrolado porque está pilotado por intereses particulares y no por intereses generales. Cabe referirnos a ello como el problema fáustico.

5. Iniciar soluciones para los cuatro problemas anteriores podría bastar para pacificar nuestras relaciones con la naturaleza, pero no para lograr un espacio humano convivencial y habitable. Una sociedad que fuera capaz de solucionar los cuatro problemas anteriores podría mantener, sin embargo, grados extremos de desigualdad social o de opresión sobre las mujeres. Podrían existir, por tanto, sociedades ecológicamente sustentables que fuesen al mismo tiempo ecofascistas y/o ecomachistas. El grado de desigualdad social que hoy prevalece en el mundo es históricamente inaudito, sigue en aumento y conduce a un terrible desastre. No es tolerable –ni tampoco viable a la larga– que más del 80% de los recursos del mundo estén en manos de menos del 20% de la población. A este último lo llamaremos el problema de la desigualdad.

Para explorar un camino de sostenibilidad debemos partir de un diagnóstico general de la enfermedad, que está ya esbozado. A partir de ahí se trataría de proponer un tratamiento que podríamos resumir en 5 principios básicos, cada uno de ellos preferentemente vinculado a uno de los problemas enumerados:

1. Problema de escala: Hemos “llenado” el mundo de personas, objetos, residuos, construcciones, fábricas, etc. –> Vía de solución: Principio de gestión de la demanda.

2. Problema de diseño: Nuestros mecanismos de tecnoproducción están mal planteados –> Vía de solución: Principio de biomímesis

3. Problema de eficiencia: Somos energéticamente ineficientes –> Vía de solución: Principio de ecoeficiencia

4. Problema fáustico: Nuestra poderosa tecnociencia está descontrolada –> Vía de solución: Principio de precaución

5. Problema de la desigualdad: El modelo económico imperante conduce inevitablemente a una desigualdad socio-económica entre individuos disparada –> Vía de solución: Principio de igualdad social

(Basado en ¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación. de Jorge Riechmann.)

(Continúa aquí – Parte III)

agosto 6, 2010

Hacia una nueva semántica del trabajo

Llamamos “Trabajo” a cualquier actividad individual o colectiva realizada con la finalidad de dar satisfacción a unas necesidades. Para definir cuales son las necesidades del ser humano podríamos acudir a estudios clásicos de Psicología (nada “sospechosos” de anarco-comunismo) como el de Abraham Maslow, que nos habló hace ya décadas de la necesidad de autorrealización, de reconocimiento, de afiliación, de seguridad y las puramente fisiológicas, siguiendo su ya famosa “pirámide de necesidades”. Para dar cumplida satisfacción a todas estas necesidades el trabajo tendrá que  presentar obligatoriamente muy diversas formas, objetos y apariencias.

En primer lugar tendríamos que diferenciar entre trabajo mercantilizado (asalariado) y trabajo no mercantilizado, que es la mayor parte del trabajo realizado. Un segundo eje de clasificación podría ser el que distingue entre trabajo productivo y trabajo re-productivo. Sin trabajo reproductivo (mantenimiento de las cosas existentes necesarias para la vida) difícilmente podrá haber trabajo puramente productivo (creación de “nuevos” objetos, productos o servicios). En la práctica lo productivo y lo reproductivo forman un continuo inseparable,  íntimamente ligado, ya que todo objeto nuevo se forma a partir de elementos pre-existentes que deben ser cuidados y mantenidos como condición indispensable para que algo parcialmente diferente  (la novedad absoluta es conceptualmente imposible) pueda surgir.

Entre los principales trabajos no mercantilizados  (es decir, los que se prestan sin que medie un intercambio de recompensas directas de tipo material) que realizan de manera cotidiana los seres humanos podríamos mencionar los trabajos domésticos (1), el cuidado de hijos, enfermos o ancianos(2), el trabajo voluntario en asociaciones (3) o el trabajo de libre creación(4) en formato escrito, visual, plástico, escénico, sonoro o mixto. Entre los trabajos mercantiles (es dcir, con mediación de recompensa material directa) podemos mencionar el que se desarrolla en empresas cooperativas(5) de propiedad colectiva, el trabajo desarrollado en regimen laboral autónomo(6) por cuenta propia, el trabajo rural en pequeñas explotaciones agro-ganaderas autogestionadas(7) y por último el trabajo asalariado por cuenta ajena(8). Cualquier trabajo mercantilizado podría ser realizado también bajo una modalidad no mercantilizada sin dejar de conservar sus propiedades originales. De igual modo cualquier trabajo no mercantilizado puede convertirse en trabajo remunerado mediante determinados cambios en las relaciones de control que lo configuran y en el sistema de recompensas elegido.

El trabajo asalariado por cuenta ajena sólo es, por tanto, la última fórmula entre todas las posibles para ejemplificar lo que puede ser un trabajo. Constituye una opción entre las 8 enumeradas, y eso no agotando el abanico completo. Sin embargo esta fórmula es la predilecta del mercado capitalista porque es la que mayor cantidad de poder y valor transfiere a la clase propietaria en detrimento de la independencia del trabajador y de lo que podríamos llamar su “soberanía intelectual”. Como consecuencia de esta apuesta ideológica hay un intento permanente de “achicar” nuestro espacio mental para pensar el trabajo, de arrinconar e invisibilizar todas las fórmulas de actividad diferentes al trabajo asalariado, hasta el punto de que el discurso imperante trata de excluirlas incluso a nivel conceptual del “reino del trabajo”, que quedaría exlusivamente reservado en el imaginario social al trabajo en una empresa de propiedad privada, en el sector teóricamente productivo, con retribución monetaria y sin participación gestora del trabajador.

Como en tantas otras cosas estamos ante un problema de criterios ideológicos que condicionan el análisis de la cuestión. El trabajo no es un producto escaso sino un bien abundante. Lo que tenemos que hacer es racionalizarlo, redistribuirlo y recompensarlo de manera adecuada, justa y coherente a la búsqueda del bien común.

A pesar de su solera de 11 años este pequeño texto sigue ayudando a entender la realidad del trabajo hoy

El bien común requiere una lógica contrasistémica que pasa, entre otras muchas cosas, por construir una nueva “semántica del trabajo”, potenciando vías alternativas de remuneración no monetarias, privilegiando y valorizando todas las formas de trabajo diferentes al trabajo asalariado privatizado por cuenta ajena que el capitalismo pretende imponer como única realidad. Se trata, ni más ni menos, de que el trabajador o la trabajadora pueda conquistar nuevos espacios de libertad, ganando cotas progresivas de poder y autonomía sobre su propio tiempo y su propia obra sin que otros secuestren su intrínseco valor. Para que este cambio pueda producirse hay que contemplar el universo del trabajo como un todo global que en absoluto escasea, como un derecho básico de los individuos y las colectividades no sometido al yugo de las reglas que la minoría capitalista pretende imponer. También sería necesario desarrollar un nuevo concepto de dinero, controlado democráticamente por las colectividades humanas y no por entes privados que se limitan a explotar de forma parasitaria una riqueza laboral en la que no participan.

Entradas relacionada: ¿Es el desempleo un hecho natural?

Conferencia de Yayo Herrero (Ecologistas en Acción) –> Capitalismo, Patriarcado y crisis de los cuidados: Una visión ecofeminista

(Tomé las ideas para estos 2 posts a partir de contenidos expuestos en el ya veterano libro de Jorge Riechman y Albert Recio “Quien parte y reparte… El debate sobre la reducción del tiempo de trabajo”. Editorial Icaria-Más Madera. Barcelona. )

julio 27, 2010

¿Es el desempleo un hecho natural?

Jorge Riechmann, una voz destacada para entender y curar las patologías socio-ambientales de nuestro tiempo

A nadie escapa la circunstancia de que la mayoría de las colectividades humanas han padecido históricamente innumerables problemas sociales: enfermedad, tiranía, pobreza, esclavitud, injusticia… Sin embargo no resulta tan evidente observar que esas mismas sociedades no se enfrentaban al desempleo masivo y estructural propio de nuestro paisaje económico actual. Un análisis algo más detenido de la cuestión nos lleva a comprender que este nuevo tipo de desempleo endémico es un fenómeno propio de las sociedades capitalistas post-modernas. Se trata de un factor intrínsecamente unido al propio desarrollo del sistema, de una apuesta ideológica concreta sobre cómo deben hacerse los ajustes en el reparto de la riqueza entre las distintas clases sociales. La ley capitalista establece que  las clases dominantes deben mantener a toda costa sus tasas de beneficio y que esto requiere continuos ajustes sobre el número de empleos remunerados y/o sobre sus condiciones de desarrollo cotidiano. Por supuesto los ajustes estructurales necesarios para alcanzar un progreso real en las condiciones de vida de los seres humanos pasan por caminos completamente diferentes: Nuevo reparto de las tareas, nuevas definiciones de empleo, nuevos sistemas de retribuciones no necesariamente monetarizados y una disminución de las jornadas laborales. Lo único que sucede es que en este caso ya no podría garantizarse la acumulación de riqueza y poder por parte de las élites económicas que actualmente los detentan, un “pequeño problema”, para nada insalvable.

Por otro lado el temor a la pérdida del empleo constituye un poderoso mecanismo  (junto con el control privado sobre la distribución del dinero o el uso estratégico de la violencia) generador de conformismo y sumisión en las masas ciudadanas. El capitalismo, en su fase actual, necesita mantener un alto índice de desempleo y precariedad laboral para garantizar bajos niveles de protesta y conflictividad en las masas asalariadas que tenderán a percibir su explotación como un “privilegio”.

El siglo XXI comienza así alumbrando un nuevo fenómeno conocido como jobless growth, el “crecimiento” sin empleo. Se trataría de la fórmula perfecta para los detentadores de capital y para los mercados. Cabría preguntarse… ¿crecimiento de qué y para quién?. Las grandes empresas aumentan sus tasas de ganancia sin las “pesadas lacras” de los costes laborales. Nada de esto es casual, sino fruto de la aplicación de la lógica capitalista del reparto y de sus premisas ocultas para la manipulación de crédulos grupos de ciudadanos que tenderán a aceptar de una manera no consciente la degradación de sus condiciones de vida como algo inevitable.

El desempleo estructural y la pérdida de derechos de los trabajadores no es, en consecuencia, un hecho natural. Tan sólo se trata de una apuesta ideológica articulada por las élites económicas para mantener un sistema depredador que les beneficia pero que resulta manifiestamente insostenible a medio plazo.

Para una profundización en esta cuestión recomendamos los importantes y numerosos trabajos de Jorge Riechmann.

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