Valor y Precio

¿Es este un producto realmente valioso?

Creo que fue Antonio Machado quien afirmó, hace ya bastantes años, que había una forma infalible de reconocer a un necio: Pedirle que nos explicara la diferencia entre valor y precio. Solo los necios eran incapaces de distinguir entre valor y precio. Desgraciadamente en el mundo actual la proporción de necios ha ido en aumento.

Para que la necedad no termine también por arruinarnos a nosotros puede ser interesante comentar unas pequeñas ideas sobre la cuestión. Lo primero que conviene aclarar, como tema preliminar, es que es la propia ideología política capitalista, extendida como un manto de niebla a nuestro alrededor, la que necesita imperiosamente generar esta confusión en nuestra manera de entender el mundo para mantenerse en el poder. Su mensaje es claro: “el precio es el valor y este se fija mediante leyes matemáticas inamovibles”. Como siempre intentan estrechar nuestra forma de entender el mundo, reducirla, simplificarla hasta la caricatura moldeándola a medida de sus intereses. El objetivo es infantilizarnos, debilitarnos, domesticarnos, hacernos más dóciles a su control. La táctica siempre es parecida: magnificar una pequeña parte de la verdad, poniendo todos los focos sobre ella, a la vez que ensombrecen e invisibilizan otros enormes y fundamentales aspectos de esa realidad. Pero la cara oculta de la luna no deja de existir por no estar iluminada.

El concepto “valor” es mucho más amplio, rico y complejo que el concepto “precio”. Cualquier producto tiene distintos tipos de valores asociados a él. Desde un punto de vista exclusivamente material y prescindiendo de otras consideraciones más trascendentales, podríamos distinguir al menos 4 tipos de valor.

Tomaremos como ejemplo de producto un diamante tallado. El primer tipo de valor que observaremos es el valor de uso. ¿Cuál es su utilidad práctica como objeto en la vida cotidiana? o, dicho de otro modo, ¿Para qué nos serviría este objeto en una isla desierta?. La respuesta es para bien poco: Su valor de uso es muy bajo.

El segundo tipo de valor que conviene analizar cuando estudiamos un objeto es su valor de trabajo. ¿Cuántas horas de trabajo son necesarias para su fabricación?.  Bajo este punto de vista el valor del diamante es más alto ya que ha sido necesaria la colaboración de mineros, transportistas y tallistas para obtener el producto final.

El tercer tipo de valor en el que pondremos nuestra atención es el que podríamos denominar valor de sostenibilidad o valor ecológico. Hace referencia al grado de “amigabilidad ambiental” asociado al producto. ¿Cómo influye la fabricación de este objeto sobre el equilibrio biológico, físico y químico de nuestro planeta?. El análisis de los objetos, bajo este punto de vista se refiere a los “inputs biofísicos” necesarios para su fabricación (impacto medioambiental derivado de la obtención de los materiales brutos necesarios en forma de agua, tierra fertil, minerales y otras materias primas) y “outputs biofísicos” (impacto en términos de contaminación y residuos generados en su proceso de producción). El diamante, en este tercer tipo de valor, puntuaría muy bajo ya que es muy bajo su nivel de “amigabilidad ambiental” o sostenibilidad ecológica medida en relación inversa a la cantidad de impactos ambientales provocados tanto a nivel de “inputs” como de “outputs”.

Ahora, como cuarta cara de este poliedro piramidal, posaremos nuestra mirada en el valor de cambio del producto analizado. Es ahora, y no antes, cuando nuestro producto adquiere su condición de mercancía, es decir su dimensión de objeto intercambiable por otros. Es aquí, y solo aquí, donde aparece el espectro frío e inerte de la especulación. El diamante, mediante un mecanismo de condicionamiento social, ha adquirido un altísimo valor de cambio. El sistema consigue que los otros tres tipos de valor hayan quedado eclipsados, anulados en nuestra percepción de la realidad por este último tipo de valor.

¿Es valioso un diamante?. Pues depende. Depende de como jerarquicemos los distintos tipos de valor. Si ponemos en primer lugar el valor de uso diríamos que el diamante es un producto escasamente valioso ya que solo sirve para cortar o para adornar. Hay otros productos que cortan mejor y que adornan igual de bien. Si ponemos en primer lugar el valor de sostenibilidad tendríamos que decir que el  diamante es un producto con valor nulo o negativo ya que su extracción y fabricación implica grandes cantidades de gasto energético e impactos ambientales escasamente sostenibles. Desde el punto de vista del valor de trabajo sería un producto de valor medio-alto ya que requiere un aporte no despreciable de actividad humana. Sólo si privilegiamos el valor de cambio llegamos a la conclusión de que el diamante es un producto muy valioso.

El precio monetario de un producto es una materialización concreta, cuantitativa y socialmente manipulable de algo tan intangible, cualitativo y pluridimensional como el valor. Es necesario entender que el sistema económico imperante privilegia hasta el extremo el valor de cambio y la fetichización de la mercancía como depósito egoísta de valor y como signo de status personal, en detrimento de los otros tres tipos de valores a la hora de establecer mecanismos para la fijación de precios. No es una manera muy inteligente de hacer las cosas si se trata de buscar el bien común, de garantizar unas condiciones de vida mínimas para todos, de perseguir la sostenibilidad medioambiental y de conseguir la generalización del empleo.

¿Cuál es el precio del aire?, ¿a quién pertenece?

Gracias a esta apuesta concreta del sistema, que privilegia sobremanera a un tipo de valor sobre los otros tres, el papel del dinero, mercancía por excelencia capaz de encarnar  el valor de cambio, se magnifica, invisibilizando a todas las otras formas posibles de valor. Este tipo de condicionamiento social posibilita, a su vez, la acumulación de riqueza y poder en manos de aquellos que se han reservado el papel de controladores del dinero dentro de esta opción política para la gestión de la sociedad llamada capitalismo. Pero… ¿hay una sola forma de fijar los precios o son múltiples las posibilidades?, ¿es ético fijar un precio monetario para cualquier tipo de bien, producto o servicio?, ¿es lícito fabricar de todo?.

Cada vez más gente comprende que se hace necesario tener en cuenta los 4 tipos de valores indicados (y no solo el último de ellos) para decidir qué objetos se fabrican, en qué cantidad y cual es su precio deseable. Hay otras opciones diferentes a las que rigen en la actualidad. Según jerarquicemos y ponderemos estos cuatro tipos de valores podremos imaginar mundos y precios totalmente disitintos a los que conocemos hoy. Se trata, simplemente, de apuestas políticas e ideológicas distintas a las habituales. El precio de los productos de bajo valor ecológico (valor de sostenibilidad) debe ser incrementado con tasas fuertes que reviertan sobre la comunidad, hasta llevarlos a precios inasequibles llegado el caso. El precio de los productos con alto valor de uso debe ser aliviado mediante apoyos públicos. El valor laboral de los productos debe hacerse explícito en todos los casos y repercutido en el precio para que todo el trabajo encerrado en él pueda ser justamente recompensado. La especulación criminal, que aleja productos básicos para la supervivencia del alcance de las mayorías, a través de los valores de cambio debe ser combatida sin piedad. Toca ya comenzar a inventar nuevas reglas para fijar los precios, nuevas fórmulas que articulen y materialicen el valor, mediante monedas sociales, de una manera más justa y eficiente para todos. Otros precios son posibles, precios y producciones sujetos al valor de la vida, bajo un control democrático, justo, equitativo, responsable, ecológico y comprometido con el bienestar colectivo.

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